Epidemias: Una visión histórica y retos para el futuro

Un repaso a la historia de las pandemias, qué hay de nuevo en la Covid-19 y retos ante nuevas catástrofes globalizadas.

David Garcia-Casas

13/04/2020

Las bacterias y los virus existían con anterioridad al Homo sapiens, y nuestra especie convivió con ellos desde sus comienzos. Pero el inicio de su transmisión entre distintos grupos humanos la podemos situar en el Neolítico, cuando las sociedades humanas adoptaron la agricultura y la ganadería como formas de vida. Este proceso comenzó hace entre 10 y 12 mil años en Oriente Próximo y desde allí llegó a Europa unos milenios después. También se desarrolló en paralelo en otros lugares del mundo como China o América Central y del Sur. Los cambios que comportó el paso de sociedades de cazadores-recolectoras a ganaderas y campesinos son extensísimos. Por la temática del artículo me centraré en algunos de ellos.

El primero tiene que ver con la adopción de la ganadería. Al gestionar socialmente la reproducción de los animales y convivir continuamente con ellos, las sociedades humanas y las diferentes especies domesticadas se transmiten mutuamente los microorganismos de los que son portadores. El segundo efecto del Neolítico que nos interesa es el aumento de los intercambios entre poblaciones, que pasan a ser de esporádicos a regulares. Esto permite la transmisión de los virus y bacterias entre grupos humanos que viven alejados entre ellos. Estas epidemias se volvieron más frecuentes en los siguientes milenios, hay que mencionar también la aparición y desarrollo de las ciudades, espacios donde animales y personas convivían en superficies reducidas creando unas condiciones óptimas para su contagio.

Una de las primeras menciones escritas de una epidemia la encontramos en los textos de Tucídides (c. 460-390 a.C.), donde se habla de una enfermedad que llegó a Atenas procedente de Etiopía causando un importante número de muertos entre ellos el mismo Pericles. El concepto contagio se conoce en Europa desde como mínimo el siglo XV, así como las condiciones sociales que lo provocaban (hacinamiento de la población, pobreza, falta de higiene...) pero las causas biológicas inmediatas no se empezaron a descubrir hasta el siglo XIX con el desarrollo de la medicina moderna. Por ello las medidas preventivas se centraban más en evitar la transmisión con cuarentenas y aislamiento de los núcleos de población que en curar o tratar a las personas que la sufrían. También existían instituciones como los hospitales. Sin embargo, en época medieval y moderna eran más bien lugares donde ir a morir que a curarse.

¿Qué hay de nuevo en la pandemia actual?


A pesar de la tragedia, el número de muertos sigue siendo mucho más bajo que en otras epidemias históricas donde se contaban por millones. Se podría explicar por los adelantos en la medicina, pero no únicamente. Actualmente existen sistemas públicos de salud que garantizan el acceso a toda o a la mayor parte de la población. No voy a entrar en la manera de contar los infectados según el país, pero las diferencias en las tasas de mortalidad no dependen únicamente de factores biológicos, sino que están muy relacionadas con la capacidad de los hospitales para tratar simultáneamente grandes cantidades de enfermos. Cuantas más camas, más plazas de UCI y más personal médico existen por habitante, más pacientes pueden ser tratados simultáneamente. Cuando estos recursos son insuficientes la mortalidad se empieza a disparar. Los adelantos médicos y las coberturas sanitarias son, por lo tanto, dos de los elementos que hacen que, a pesar de todo, la mortalidad sea baja en comparación con otras epidemias históricas.

La evolución mundial de la producción agropecuaria es otro de los nuevos factores que hay que tener en cuenta para explicar la actual pandemia. Si el inicio de la ganadería supuso la aparición de las epidemias, las explotaciones intensivas industriales suponen un salto cualitativo en la aparición y transmisión de nuevos virus. Aunque se ha situado su origen en un mercado, los estudios más detallados apuntan a las condiciones que se dan en las macrogranjas donde se hacinan decenas de miles de animales facilitando las mutaciones de elementos patógenos. Una vez originados, la pérdida de biodiversidad ligada a la desaparición de los sistemas tradicionales agroganaderos facilita su transmisión.

Finalmente, la última de las diferencias destacadas en la Covid-19 es la velocidad con la que se expande. En menos de dos meses ha saltado desde su brote originario en Wuhan hacia Europa y en pocas semanas más ha llegado al resto del mundo. Si bien el virus SARS-CoV-2 puede presentar características que facilitan su propagación, la rapidez sólo se explica por el actual flujo constante de mercancías y personas sin precedentes en cantidad y tiempo en el mundo.

Reflexiones para el futuro. El papel de la sanidad y la ciencia pública ante las catástrofes globalizadas


Una de las lecciones que podemos aprender de esta crisis es que la sanidad pública es una herramienta esencial para evitar nuevas mortalidades catastróficas por causas víricas. Pero se trataría del último escudo, las causas que pueden desencadenar nuevas pandemias son globales y no son las únicas calamidades que deberemos afrontar en el futuro a escala planetaria. El cambio climático tendrá también unos efectos que se propagaran a velocidad récord. Ante estos problemas algunos líderes políticos proponen la vuelta a las políticas centradas en el estado nación y el cierre de fronteras. Pero a pesar de su retórica, la historia nunca da marcha atrás y no es posible construir muros que frenen los desastres globalizados que se puedan producir en los años venideros.

En este sentido, ante los nuevos problemas mundiales que previsiblemente tendrán lugar en los próximos años, la investigación científica más que una opción será una necesidad. Del mismo modo que las tasas de mortalidad de las pandemias están relacionadas con el acceso a los sistemas públicos de salud, la prevención y contención de futuras crisis biomédicas, ambientales demográficas… dependerá de cómo la sociedad pueda acceder y beneficiarse de los avances de la ciencia. En los próximos años deberemos escoger si el conocimiento y los avances tecnológicos se siguen utilizando en una competición autodestructiva o se dirigen a mejorar las condiciones de vida de las personas recuperando las nociones de bien común y progreso colectivo en un ecosistema socialmente sostenible.

Epidemias: Una visión histórica y retos para el futuro

Un repaso a la historia de las pandemias, qué hay de nuevo en la Covid-19 y retos ante nuevas catástrofes globalizadas.

David Garcia-Casas
13/04/2020

Las bacterias y los virus existían con anterioridad al Homo sapiens, y nuestra especie convivió con ellos desde sus comienzos. Pero el inicio de su transmisión entre distintos grupos humanos la podemos situar en el Neolítico, cuando las sociedades humanas adoptaron la agricultura y la ganadería como formas de vida. Este proceso comenzó hace entre 10 y 12 mil años en Oriente Próximo y desde allí llegó a Europa unos milenios después. También se desarrolló en paralelo en otros lugares del mundo como China o América Central y del Sur. Los cambios que comportó el paso de sociedades de cazadores-recolectoras a ganaderas y campesinos son extensísimos. Por la temática del artículo me centraré en algunos de ellos.

El primero tiene que ver con la adopción de la ganadería. Al gestionar socialmente la reproducción de los animales y convivir continuamente con ellos, las sociedades humanas y las diferentes especies domesticadas se transmiten mutuamente los microorganismos de los que son portadores. El segundo efecto del Neolítico que nos interesa es el aumento de los intercambios entre poblaciones, que pasan a ser de esporádicos a regulares. Esto permite la transmisión de los virus y bacterias entre grupos humanos que viven alejados entre ellos. Estas epidemias se volvieron más frecuentes en los siguientes milenios, hay que mencionar también la aparición y desarrollo de las ciudades, espacios donde animales y personas convivían en superficies reducidas creando unas condiciones óptimas para su contagio.

Una de las primeras menciones escritas de una epidemia la encontramos en los textos de Tucídides (c. 460-390 a.C.), donde se habla de una enfermedad que llegó a Atenas procedente de Etiopía causando un importante número de muertos entre ellos el mismo Pericles. El concepto contagio se conoce en Europa desde como mínimo el siglo XV, así como las condiciones sociales que lo provocaban (hacinamiento de la población, pobreza, falta de higiene...) pero las causas biológicas inmediatas no se empezaron a descubrir hasta el siglo XIX con el desarrollo de la medicina moderna. Por ello las medidas preventivas se centraban más en evitar la transmisión con cuarentenas y aislamiento de los núcleos de población que en curar o tratar a las personas que la sufrían. También existían instituciones como los hospitales. Sin embargo, en época medieval y moderna eran más bien lugares donde ir a morir que a curarse.

¿Qué hay de nuevo en la pandemia actual?


A pesar de la tragedia, el número de muertos sigue siendo mucho más bajo que en otras epidemias históricas donde se contaban por millones. Se podría explicar por los adelantos en la medicina, pero no únicamente. Actualmente existen sistemas públicos de salud que garantizan el acceso a toda o a la mayor parte de la población. No voy a entrar en la manera de contar los infectados según el país, pero las diferencias en las tasas de mortalidad no dependen únicamente de factores biológicos, sino que están muy relacionadas con la capacidad de los hospitales para tratar simultáneamente grandes cantidades de enfermos. Cuantas más camas, más plazas de UCI y más personal médico existen por habitante, más pacientes pueden ser tratados simultáneamente. Cuando estos recursos son insuficientes la mortalidad se empieza a disparar. Los adelantos médicos y las coberturas sanitarias son, por lo tanto, dos de los elementos que hacen que, a pesar de todo, la mortalidad sea baja en comparación con otras epidemias históricas.

La evolución mundial de la producción agropecuaria es otro de los nuevos factores que hay que tener en cuenta para explicar la actual pandemia. Si el inicio de la ganadería supuso la aparición de las epidemias, las explotaciones intensivas industriales suponen un salto cualitativo en la aparición y transmisión de nuevos virus. Aunque se ha situado su origen en un mercado, los estudios más detallados apuntan a las condiciones que se dan en las macrogranjas donde se hacinan decenas de miles de animales facilitando las mutaciones de elementos patógenos. Una vez originados, la pérdida de biodiversidad ligada a la desaparición de los sistemas tradicionales agroganaderos facilita su transmisión.

Finalmente, la última de las diferencias destacadas en la Covid-19 es la velocidad con la que se expande. En menos de dos meses ha saltado desde su brote originario en Wuhan hacia Europa y en pocas semanas más ha llegado al resto del mundo. Si bien el virus SARS-CoV-2 puede presentar características que facilitan su propagación, la rapidez sólo se explica por el actual flujo constante de mercancías y personas sin precedentes en cantidad y tiempo en el mundo.

Reflexiones para el futuro. El papel de la sanidad y la ciencia pública ante las catástrofes globalizadas


Una de las lecciones que podemos aprender de esta crisis es que la sanidad pública es una herramienta esencial para evitar nuevas mortalidades catastróficas por causas víricas. Pero se trataría del último escudo, las causas que pueden desencadenar nuevas pandemias son globales y no son las únicas calamidades que deberemos afrontar en el futuro a escala planetaria. El cambio climático tendrá también unos efectos que se propagaran a velocidad récord. Ante estos problemas algunos líderes políticos proponen la vuelta a las políticas centradas en el estado nación y el cierre de fronteras. Pero a pesar de su retórica, la historia nunca da marcha atrás y no es posible construir muros que frenen los desastres globalizados que se puedan producir en los años venideros.

En este sentido, ante los nuevos problemas mundiales que previsiblemente tendrán lugar en los próximos años, la investigación científica más que una opción será una necesidad. Del mismo modo que las tasas de mortalidad de las pandemias están relacionadas con el acceso a los sistemas públicos de salud, la prevención y contención de futuras crisis biomédicas, ambientales demográficas… dependerá de cómo la sociedad pueda acceder y beneficiarse de los avances de la ciencia. En los próximos años deberemos escoger si el conocimiento y los avances tecnológicos se siguen utilizando en una competición autodestructiva o se dirigen a mejorar las condiciones de vida de las personas recuperando las nociones de bien común y progreso colectivo en un ecosistema socialmente sostenible.