Chipre

Fronteras III

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

Chipre es una isla fabulosa y arqueológicamente riquísima por su valor estratégico en el Mediterráneo Oriental. Un día me llegó un anuncio de una media maratón en Limassol en marzo de 2019, y como tenía que entrenar para la maratón de Atenas y aún no había bajado a Chipre para el proyecto, me dispuse a planificar un viaje. Hoy, la isla está formada por la República de Chipre, la República Turca del Norte de Chipre y unos territorios aún dependientes del Reino Unido, vinculados a bases militares.

La historia reciente de la isla es también interesante y traumática. Para variar, la miseria colonial británica y la caída del Imperio otomano han tenido mucho que ver en todo esto. La isla, de mayoría griega, cayó como parte del Imperio otomano en el siglo XVI, y desde entonces, la nueva minoría musulmana, unos provenientes de Anatolia y otros conversos por interés, empezó a ocupar algunas situaciones de poder en la isla. Desde que Grecia se levantó, Chipre empezó a revolverse. Esa «Gran Idea» de recrear una Grecia como la clásica era popular en un momento en el que los grandes nacionalismos europeos afloraban sin cesar. Los otomanos, que bastante tenían con la desintegración de su imperio, cedieron a los británicos la isla, entre otras cosas, a cambio de protección. Los británicos siempre han sido muy hábiles en conseguir cosas, pero muy torpes en gestionarlas. Según el tablero mediterráneo se movía, la isla seguía revolviéndose. Con la Primera Guerra Mundial, los británicos se la habían anexionado oficialmente sin ser realmente capaces de mejorar la situación de conflicto que crecía empoderada por el nuevo nacionalismo turco. Y para los años 1960, a punto de explotar, aceptó una república chipriota que no dejó contenta a ninguna de las partes: chipriotas, turcos y griegos. Bueno, les dejó contentos a ellos con sus dos bases militares, que era lo que querían. Era cuestión de tiempo que esa olla a presión estallase, y lo hizo.

En 1974, el régimen militar griego promovió un golpe de estado en Chipre para quitar del medio al Arzobispo Makario III, poniendo al frente a un nacionalista griego que llevaba una década fomentando el terror entre los turco-chipriotas, escondidos en sus guetos y defendiéndose de ataques constantes. Turquía aprovechó la situación e intervino, ocupando buena parte de la isla y empezando un conflicto en el que un cuarto de millón de personas (en torno a un 30 % de los greco-chirpiotas y un 50 % de los turco-chipriotas) tuvo que dejar de un día para otro sus casas a ambos lados del frente. El orden constitucional se reconstituyó relativamente rápido, pero la ocupación turca permaneció en la isla, declarando en 1983 su propia república, no reconocida más que por la propia Turquía. Con presencia permanente de cascos azules y una zona desmilitarizada, la propia ciudad antigua de Nicosia está partida por la mitad. Desde 2003 se puede pasar de un lado al otro, pero el paisaje sigue siendo asolador.

Al no reconocerse el Norte, la gestión del patrimonio en la zona resulta muy interesante. Una comisión dependiente de Naciones Unidas, trabaja con equipos mixtos en las fosas. Mientras, varios programas financian la conservación de un patrimonio en un estado bastante precario. Si la frontera física ya es nominal, no se puede decir lo mismo de la diplomática.

A pesar de todo, cruzo en varias ocasiones al Norte. El hecho de que no se le reconozca no significa que no exista. De hecho, el vacío resulta interesante a la hora de entender la dinámica de las cosas en la isla. Cuando intento pasar con el coche me piden un seguro extra que cuesta más que el alquiler. El alquiler al otro lado tampoco es especialmente barato. Utilizo el transporte público y soy capaz de llegar a mis destinos, pero lo que en coche me podría llevar un día, así me llevaría tres. Voy a Famagusta y Salamis, los dos sitios obligados. El resto, puedo hacerlo en Nicosia.

Una de las cosas que más me impacta es la zona desmilitarizada, que en Nicosia apenas ocupa una calle de Este a Oeste. Desde Ledras, se puede seguir el camino, que tiene pequeñas ventanas al pasado entre callejones y puestos semi-abandonados. Todo está tal cual se dejó en 1974. Al Norte, la sensación es a veces similar. Mientras el Sur de Nicosia ha sido mayoritariamente reconstruido en el peor sentido de la palabra, el Norte aún tiene la esencia de lo que fue la ciudad. Resulta precioso, hasta poético. Tanto como entrar a una catedral convertida en mezquita. Salvando las distancias me recordó mucho a Santa Sofía en Estambul.

El caso, es que todas estas experiencias me han llevado a reevaluar lo que sé sobre la historia del Mediterráneo Oriental, que para mi sorpresa era muy poco. También me ha llevado a un renovado interés por los nacionalismos y el impacto presente de su relación con el pasado. Sé que muchos compañeros trabajan con fronteras en muchos otros rincones del mundo. A muchos nos puede parecer exótico, pero lo tenemos muy cerca. La Covid-19 me ha fastidiado algunas nuevas experiencias, como las de Gibraltar o Kosovo. Las tenemos más cerca de lo que pensamos y las historias que tienen detrás son muy arqueológicas y apasionantes.

Chipre

Fronteras III

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

Chipre es una isla fabulosa y arqueológicamente riquísima por su valor estratégico en el Mediterráneo Oriental. Un día me llegó un anuncio de una media maratón en Limassol en marzo de 2019, y como tenía que entrenar para la maratón de Atenas y aún no había bajado a Chipre para el proyecto, me dispuse a planificar un viaje. Hoy, la isla está formada por la República de Chipre, la República Turca del Norte de Chipre y unos territorios aún dependientes del Reino Unido, vinculados a bases militares.

La historia reciente de la isla es también interesante y traumática. Para variar, la miseria colonial británica y la caída del Imperio otomano han tenido mucho que ver en todo esto. La isla, de mayoría griega, cayó como parte del Imperio otomano en el siglo XVI, y desde entonces, la nueva minoría musulmana, unos provenientes de Anatolia y otros conversos por interés, empezó a ocupar algunas situaciones de poder en la isla. Desde que Grecia se levantó, Chipre empezó a revolverse. Esa «Gran Idea» de recrear una Grecia como la clásica era popular en un momento en el que los grandes nacionalismos europeos afloraban sin cesar. Los otomanos, que bastante tenían con la desintegración de su imperio, cedieron a los británicos la isla, entre otras cosas, a cambio de protección. Los británicos siempre han sido muy hábiles en conseguir cosas, pero muy torpes en gestionarlas. Según el tablero mediterráneo se movía, la isla seguía revolviéndose. Con la Primera Guerra Mundial, los británicos se la habían anexionado oficialmente sin ser realmente capaces de mejorar la situación de conflicto que crecía empoderada por el nuevo nacionalismo turco. Y para los años 1960, a punto de explotar, aceptó una república chipriota que no dejó contenta a ninguna de las partes: chipriotas, turcos y griegos. Bueno, les dejó contentos a ellos con sus dos bases militares, que era lo que querían. Era cuestión de tiempo que esa olla a presión estallase, y lo hizo.

En 1974, el régimen militar griego promovió un golpe de estado en Chipre para quitar del medio al Arzobispo Makario III, poniendo al frente a un nacionalista griego que llevaba una década fomentando el terror entre los turco-chipriotas, escondidos en sus guetos y defendiéndose de ataques constantes. Turquía aprovechó la situación e intervino, ocupando buena parte de la isla y empezando un conflicto en el que un cuarto de millón de personas (en torno a un 30 % de los greco-chirpiotas y un 50 % de los turco-chipriotas) tuvo que dejar de un día para otro sus casas a ambos lados del frente. El orden constitucional se reconstituyó relativamente rápido, pero la ocupación turca permaneció en la isla, declarando en 1983 su propia república, no reconocida más que por la propia Turquía. Con presencia permanente de cascos azules y una zona desmilitarizada, la propia ciudad antigua de Nicosia está partida por la mitad. Desde 2003 se puede pasar de un lado al otro, pero el paisaje sigue siendo asolador.

Al no reconocerse el Norte, la gestión del patrimonio en la zona resulta muy interesante. Una comisión dependiente de Naciones Unidas, trabaja con equipos mixtos en las fosas. Mientras, varios programas financian la conservación de un patrimonio en un estado bastante precario. Si la frontera física ya es nominal, no se puede decir lo mismo de la diplomática.

A pesar de todo, cruzo en varias ocasiones al Norte. El hecho de que no se le reconozca no significa que no exista. De hecho, el vacío resulta interesante a la hora de entender la dinámica de las cosas en la isla. Cuando intento pasar con el coche me piden un seguro extra que cuesta más que el alquiler. El alquiler al otro lado tampoco es especialmente barato. Utilizo el transporte público y soy capaz de llegar a mis destinos, pero lo que en coche me podría llevar un día, así me llevaría tres. Voy a Famagusta y Salamis, los dos sitios obligados. El resto, puedo hacerlo en Nicosia.

Una de las cosas que más me impacta es la zona desmilitarizada, que en Nicosia apenas ocupa una calle de Este a Oeste. Desde Ledras, se puede seguir el camino, que tiene pequeñas ventanas al pasado entre callejones y puestos semi-abandonados. Todo está tal cual se dejó en 1974. Al Norte, la sensación es a veces similar. Mientras el Sur de Nicosia ha sido mayoritariamente reconstruido en el peor sentido de la palabra, el Norte aún tiene la esencia de lo que fue la ciudad. Resulta precioso, hasta poético. Tanto como entrar a una catedral convertida en mezquita. Salvando las distancias me recordó mucho a Santa Sofía en Estambul.

El caso, es que todas estas experiencias me han llevado a reevaluar lo que sé sobre la historia del Mediterráneo Oriental, que para mi sorpresa era muy poco. También me ha llevado a un renovado interés por los nacionalismos y el impacto presente de su relación con el pasado. Sé que muchos compañeros trabajan con fronteras en muchos otros rincones del mundo. A muchos nos puede parecer exótico, pero lo tenemos muy cerca. La Covid-19 me ha fastidiado algunas nuevas experiencias, como las de Gibraltar o Kosovo. Las tenemos más cerca de lo que pensamos y las historias que tienen detrás son muy arqueológicas y apasionantes.