El acceso al patrimonio arqueológico en tiempos de confinamiento

Nuevas realidades, viejas fórmulas

Museos y sitios arqueológicos fueron algunos de los espacios afectados por el confinamiento. Si por lo general encontrar visitantes para muchos sitios era un reto, ahora se convertía en uno mayor. ¿Podrían las nuevas tecnologías ayudar a superarlo?

Esa es la pregunta de partida para un pequeño estudio que hice durante el mes de abril. Ahora, después de unos meses de mucha actividad y sin tiempo de analizar los datos, quería compartir los resultados para pensar en el futuro. Os adelanto una de las conclusiones: la tecnología tiene potencial, pero aún no lo hemos alcanzado.

Me explico. Durante los primeros días del confinamiento comencé a recibir decenas de ofertas para ver películas gratis, descargar libros, incluso visitar los grandes museos en video de la mano de su personal. Una oferta abrumadora en la que no faltaban actividades arqueológicas.

En estudios de público existe un concepto interesante, el de público cautivo. En museos, se define por lo general como aquellos visitantes forzados, como las visitas escolares. A mi me gusta extender esta definición al que llamaré público ya cautivado. Gente a la que le interesa la temática de un museo y va de forma recurrente a ese y otros similares.

El reto de captar como cautivado al público cautivo es grande. Sin embargo, existe otro público al que jamás llegamos. Gente que se pierde durante las visitas escolares o en otros gustos culturales. No a todo el mundo le tiene que gustar la arqueología, pero conseguirlo es un reto al que podemos aspirar.

Entonces, tenemos a un público cautivo que se libera de las cadenas gracias al confinamiento. Tenemos a un público cautivado que sigue algunos museos y proyectos en las redes sociales. Y tenemos al resto de la población… que vive ajena a todo esto.

En mi estudio, el primer problema que plantearé se ve directamente con la muestra. Aunque traté de distribuir el cuestionario entre no profesionales de fuera de Madrid, más de un tercio terminaron siendo profesionales y un 42% de Madrid. Llegamos principalmente a nuestros círculos y nuestros círculos son limitados. Esto es algo que afecta también a los museos y sitios arqueológicos en redes sociales.

Con los meses la situación ha ido cambiando. Las campañas que se tuvieron que improvisar en las primeras semanas han evolucionado a estrategias mucho mejor definidas. Pero los círculos a los que llegan siguen siendo muy similares y los contenidos también.

Así pues, contamos con un público cautivo en redes sociales, en ocasiones también cautivado. Gente que ya nos sigue y que tiene que ver lo que compartimos salvo que el hartazgo los lleve a silenciarnos. He de reconocer que yo he silenciado perfiles durante el confinamiento. Era demasiado. Todos haciendo lo mismo y a la vez.

Todo esto nos lleva a un sinfín de preguntas que afectan al perfil sociológico del consumidor digital, al diseño a ciegas de estrategias de comunicación, el falso éxito de los números o la propia capacidad de las reconstrucciones y visitas virtuales.

Si los estudios de público aún siguen siendo limitados en muchos ámbitos, los análisis pormenorizados de la audiencia digital lo son aún más. ¿Quién gestiona las redes sociales de museos y sitios arqueológicos? Por lo general, salvo contadas excepciones que contratan expertos externos, se trata del propio personal, poniendo lo mejor de sí desde la intuición. Así es fácil conformarse y pensar que las decenas de miles de seguidores que se alcanzan son un éxito, sin pararnos a pensar que otros museos «de fuera» superan la barrera del millón.

Pero las redes sociales no hacen más que reproducir las estrategias no virtuales de los museos. Tanto en las salas como en las redes, somos demasiado conservadores —y aquí juego con doble sentido. Se critica al instante cualquier iniciativa que se salga del corsé casi académico que mantienen estas instituciones. Lo mismo pasa con los sitios arqueológicos, donde incluso las visitas teatralizadas tardaron en adoptarse por radicales.

Se habla mucho de banalización del patrimonio y de la historia, pero el rigor no está reñido con la experimentación y la diversificación de las actividades. Puede que en el ámbito anglosajón estas estrategias se hayan adelantado por la necesidad imperiosa de captar unos recursos que aquí tenemos asegurados. Solo hay que pensar que algunos museos están empezando a pensar en cobrar incluso por el acceso a sus recursos digitales.

¿Sería este modelo sostenible? En España es difícil imaginarlo por el propio modelo de gestión de lo público. Tampoco tenemos en cuenta los costes de producción de un contenido de calidad por el que merezca la pena pagar.

Pero volviendo al tema central, me interesa plantear un aspecto interesante que aparece en el estudio. La gran mayoría de las personas encuestadas estaban satisfechas con lo que han visto, visitarían el museo o yacimiento en persona, y no consideran que lo digital pueda suplantar a lo físico. Bien es cierto que la mayoría tenía interés por la arqueología.

Estos meses se suplanta por fuerza mayor, pero hay que pensar en ello más como un complemento, un reclamo, que como un traslado de lo material a lo digital. También hay que replantearse la oferta de ocio que puede ofrecerse desde estos espacios y que ayudaría a ampliar las audiencias hacia ámbitos nuevos. Tal vez el problema es que estemos cómodos con lo que hay mientras no se ponga en riesgo.

Si tuviese una solución mágica sería fabuloso, pero no es el caso y estamos ante un tema complejo. Ahora bien, hay algunas cosas que parecen claras y en las que por lo general sigue haciendo falta mucho trabajo. Principalmente, cuestiones de accesibilidad, que nos llevan al propio diseño de los espacios y de las estrategias de difusión.

Los datos de acceso a la cultura que maneja el Ministerio mejoran con cada encuesta. Pero en lo que afecta a la arqueología me sigue pareciendo insuficiente, sobre todo porque el potencial de la arqueología para entender nuestro día a día es enorme. Después están los problemas de la divulgación, pero esa es otra historia.

En conclusión, si a las viejas realidades le aplicamos nuevas fórmulas, puede que su reflejo en el espectro digital mejore aún más la presencia y el consumo de una arqueología de calidad en nuestra sociedad. Sería algo bueno para todos, también para nosotros como profesionales.

El acceso al patrimonio arqueológico en tiempos de confinamiento

Nuevas realidades, viejas fórmulas

Museos y sitios arqueológicos fueron algunos de los espacios afectados por el confinamiento. Si por lo general encontrar visitantes para muchos sitios era un reto, ahora se convertía en uno mayor. ¿Podrían las nuevas tecnologías ayudar a superarlo?

Esa es la pregunta de partida para un pequeño estudio que hice durante el mes de abril. Ahora, después de unos meses de mucha actividad y sin tiempo de analizar los datos, quería compartir los resultados para pensar en el futuro. Os adelanto una de las conclusiones: la tecnología tiene potencial, pero aún no lo hemos alcanzado.

Me explico. Durante los primeros días del confinamiento comencé a recibir decenas de ofertas para ver películas gratis, descargar libros, incluso visitar los grandes museos en video de la mano de su personal. Una oferta abrumadora en la que no faltaban actividades arqueológicas.

En estudios de público existe un concepto interesante, el de público cautivo. En museos, se define por lo general como aquellos visitantes forzados, como las visitas escolares. A mi me gusta extender esta definición al que llamaré público ya cautivado. Gente a la que le interesa la temática de un museo y va de forma recurrente a ese y otros similares.

El reto de captar como cautivado al público cautivo es grande. Sin embargo, existe otro público al que jamás llegamos. Gente que se pierde durante las visitas escolares o en otros gustos culturales. No a todo el mundo le tiene que gustar la arqueología, pero conseguirlo es un reto al que podemos aspirar.

Entonces, tenemos a un público cautivo que se libera de las cadenas gracias al confinamiento. Tenemos a un público cautivado que sigue algunos museos y proyectos en las redes sociales. Y tenemos al resto de la población… que vive ajena a todo esto.

En mi estudio, el primer problema que plantearé se ve directamente con la muestra. Aunque traté de distribuir el cuestionario entre no profesionales de fuera de Madrid, más de un tercio terminaron siendo profesionales y un 42% de Madrid. Llegamos principalmente a nuestros círculos y nuestros círculos son limitados. Esto es algo que afecta también a los museos y sitios arqueológicos en redes sociales.

Con los meses la situación ha ido cambiando. Las campañas que se tuvieron que improvisar en las primeras semanas han evolucionado a estrategias mucho mejor definidas. Pero los círculos a los que llegan siguen siendo muy similares y los contenidos también.

Así pues, contamos con un público cautivo en redes sociales, en ocasiones también cautivado. Gente que ya nos sigue y que tiene que ver lo que compartimos salvo que el hartazgo los lleve a silenciarnos. He de reconocer que yo he silenciado perfiles durante el confinamiento. Era demasiado. Todos haciendo lo mismo y a la vez.

Todo esto nos lleva a un sinfín de preguntas que afectan al perfil sociológico del consumidor digital, al diseño a ciegas de estrategias de comunicación, el falso éxito de los números o la propia capacidad de las reconstrucciones y visitas virtuales.

Si los estudios de público aún siguen siendo limitados en muchos ámbitos, los análisis pormenorizados de la audiencia digital lo son aún más. ¿Quién gestiona las redes sociales de museos y sitios arqueológicos? Por lo general, salvo contadas excepciones que contratan expertos externos, se trata del propio personal, poniendo lo mejor de sí desde la intuición. Así es fácil conformarse y pensar que las decenas de miles de seguidores que se alcanzan son un éxito, sin pararnos a pensar que otros museos «de fuera» superan la barrera del millón.

Pero las redes sociales no hacen más que reproducir las estrategias no virtuales de los museos. Tanto en las salas como en las redes, somos demasiado conservadores —y aquí juego con doble sentido. Se critica al instante cualquier iniciativa que se salga del corsé casi académico que mantienen estas instituciones. Lo mismo pasa con los sitios arqueológicos, donde incluso las visitas teatralizadas tardaron en adoptarse por radicales.

Se habla mucho de banalización del patrimonio y de la historia, pero el rigor no está reñido con la experimentación y la diversificación de las actividades. Puede que en el ámbito anglosajón estas estrategias se hayan adelantado por la necesidad imperiosa de captar unos recursos que aquí tenemos asegurados. Solo hay que pensar que algunos museos están empezando a pensar en cobrar incluso por el acceso a sus recursos digitales.

¿Sería este modelo sostenible? En España es difícil imaginarlo por el propio modelo de gestión de lo público. Tampoco tenemos en cuenta los costes de producción de un contenido de calidad por el que merezca la pena pagar.

Pero volviendo al tema central, me interesa plantear un aspecto interesante que aparece en el estudio. La gran mayoría de las personas encuestadas estaban satisfechas con lo que han visto, visitarían el museo o yacimiento en persona, y no consideran que lo digital pueda suplantar a lo físico. Bien es cierto que la mayoría tenía interés por la arqueología.

Estos meses se suplanta por fuerza mayor, pero hay que pensar en ello más como un complemento, un reclamo, que como un traslado de lo material a lo digital. También hay que replantearse la oferta de ocio que puede ofrecerse desde estos espacios y que ayudaría a ampliar las audiencias hacia ámbitos nuevos. Tal vez el problema es que estemos cómodos con lo que hay mientras no se ponga en riesgo.

Si tuviese una solución mágica sería fabuloso, pero no es el caso y estamos ante un tema complejo. Ahora bien, hay algunas cosas que parecen claras y en las que por lo general sigue haciendo falta mucho trabajo. Principalmente, cuestiones de accesibilidad, que nos llevan al propio diseño de los espacios y de las estrategias de difusión.

Los datos de acceso a la cultura que maneja el Ministerio mejoran con cada encuesta. Pero en lo que afecta a la arqueología me sigue pareciendo insuficiente, sobre todo porque el potencial de la arqueología para entender nuestro día a día es enorme. Después están los problemas de la divulgación, pero esa es otra historia.

En conclusión, si a las viejas realidades le aplicamos nuevas fórmulas, puede que su reflejo en el espectro digital mejore aún más la presencia y el consumo de una arqueología de calidad en nuestra sociedad. Sería algo bueno para todos, también para nosotros como profesionales.