En torno a Bosnia y Herzegovina

Fronteras I

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

Los Balcanes son seguramente uno de los rincones más desconocidos a la vez que espectaculares del Mediterráneo. Con una naturaleza asombrosa y una gente por lo general muy amable, resulta un placer moverse por allí.

Este viaje comienza en Cetiña, la capital histórica de Montenegro. Conmigo preguntando en una ferretería si una carretera que he encontrado en Here —la app que suelo usar para moverme fuera de lo normal— está asfaltada o no. Ese día voy a hacer cosas en tres países distintos antes de comer. Me encanta mi trabajo.

Desde que salió aquel anuncio de BMW con el lema de «Me gusta conducir», saco la mano por la ventanilla y disfruto del aire. La carretera es genial. Pequeña, con curvas y vacía. Lo que más me gusta. Voy camino de la frontera con Bosnia y Herzegovina y quiero bajar hasta Trebinje por el valle del rio Trebišnjica. Las vistas son espectaculares y se vislumbra un valle precioso tras el paso fronterizo. Es la primera vez que cruzo una frontera en la zona y estoy un poco expectante. Hay bastante tráfico, pero la cola va rápida.

Para cruzar fronteras en los Balcanes en un coche alquilado tienes que contratar un seguro adicional, la llamada «Tarjeta Verde». En todos los pasos fronterizos te piden los papeles del coche junto con tu pasaporte. Si no llevas la tarjeta, no te dejan pasar. Más allá de eso, no existe el menor problema.

Lo primero que me llama la atención más allá del paisaje, son las banderas. El puesto fronterizo tiene una bandera de Bosnia y Herzegovina, azul y amarilla con estrellas blancas. Sin embargo, la carretera está plagada de banderas serbias. Mi amigo Andrew me adelantó que el conflicto en Bosnia sigue vivo. Durante los acuerdos de paz, se establecieron dos «entidades» —así las llaman. Por un lado, la Federación y por el otro, la República Srperska —léase serbia. Lo más curioso es que lo que separa ambas entidades es la línea de frente consolidada antes de los acuerdos de Dayton en 1995. El estado se rige por esos acuerdos y cuenta con tres líderes que representan a las tres comunidades mayoritarias: bosniacos (musulmanes), serbo-bosnios (ortodoxos) y bosnio-croatas (católicos). Simplificando mucho el conflicto, se puede entender así. Os recomiendo muy encarecidamente que leáis sobre la historia de la región, porque la maraña de nacionalismos étnicos que conviven en la zona es apasionante.

En otro capítulo de esta serie hablaré sobre la herencia otomana, pero en este caso también viene a cuenta referirse a ello. De hecho, buena parte del patrimonio otomano que queda en la zona está conservado con financiación turca. La gestión es enrevesada y curiosa, pero a nivel estatal solo existe una oficina que garantiza la protección del patrimonio de los «otros», con roles invertidos según el pueblo en el que estemos. A nivel personal, hay buena relación entre los profesionales, pero a nivel institucional es un caos. Lo mejor de todo, detalles como que el museo nacional en Sarajevo no tiene ninguna entidad de respaldo, está en el limbo, porque no estaba recogido en los acuerdos.

Pero volvamos a la carretera. Sigo hacia el sur, cruzo a la Federación y pocos kilómetros después estoy atascado en la frontera con Croacia. Hace buen día y la cantidad de coches que esperan a cruzar a Dubrovnik se extiende por un par de kilómetros. El paso fronterizo es monstruoso y están haciendo un desdoble en medio de la ladera para ampliarlo. No me importa mucho la espera. Tengo música y unas vistas del Adriático excepcionales. El día anterior me habían dicho un truco para cruzar por un paso al sur de Igalo desde Montenegro. Pero ya había hecho la carretera bonita desde Cetiña a Kotor el día anterior y quería ver esos valles de los que tanto me habían hablado. Mereció la pena.

El paso no tiene mayor misterio. Dubrovnik es un atraco, pero un atraco precioso. Tengo que pagar más de treinta euros en un aparcamiento público por poco más de dos horas. Suerte que el pueblo en el que haré noche (en Slano) no es para nada caro y es muy agradable. Desde allí, cruzo de vuelta a Bosnia y Herzegovina por un paso local en el que no tengo problemas. Me encanta, porque ambas policías comparten caseta, pequeña, para los que entramos y los que salen. Sólo había un coche delante, seguramente de la zona, charlando con ellos. No tiene nada que ver con el monstruo del día anterior. El paisaje, de nuevo, es espectacular. Paro para consultar el mapa y cuando echo la vista atrás ni siquiera veo la carretera entre los árboles. Desde allí, iré a un valle, también bonito, de nuevo junto al río Trebišnjica, que aquí ejerce de frontera entre las dos entidades. Cruzo, vuelvo a las banderas y subo poco a poco hacia Mostar. Por el camino, Stolac es una preciosidad y puedo parar a ver también uno de los sitios Patrimonio Mundial, las tumbas medievales de Stećci. Están al lado de la carretera, pero me comentan las chicas del centro de visitantes que hay al menos otras tres o cuatro localizaciones visitables si vuelvo carretera atrás. Voy con el tiempo pegado así que sigo hacia Mostar.

Allí, el contingente español trató de mantener la paz durante la guerra. Hay buena memoria entre los bosniac. Éramos uno de los pocos escudos que tenían. El río Neretva separa dos barrios muy diferentes. A un lado el bosnio-croata y al otro el bosniac. Los minaretes y las torres de iglesia compiten en altura. Otro sitio Patrimonio Mundial, el puente viejo, sigue generando controversia para algunos porque lo han pagado los turcos. Cuando llego, hay una competición de saltos de Red Bull desde lo alto. Impresiona. Mostar es ejemplo de una de esas fronteras invisibles que tiene el país. Ni siquiera existe la frontera administrativa que representa la República Srperska, simplemente está ahí, separando a musulmanes y católicos y con un montón de turistas aplaudiendo a los saltadores en medio, la mayoría sin la menor consciencia de esa realidad.

Cuando subo hacia Sarajevo tengo que acercarme por fuerza a las «pirámides» de Visoko. Eso da para otra historia. La capital es apasionante. La llaman la Jerusalén europea. Hoy, lejos de integrar culturas, sigue segregando el Este y el Oeste, con la frontera administrativa de las dos entidades cruzando la ciudad sobre el monte Mojmilo. Bajo a ver uno de los pocos sitios que interpretan el conflicto. El túnel D-B, bajo el aeropuerto, por donde metían provisiones durante el asedio mientras los serbios disparaban y las fuerzas de «paz» miraban.

La última frontera del viaje me devolvía a la belleza de los paisajes. Tomo el camino corto a lo largo del río Bistrica hasta Brod, un pequeño pueblo industrial junto al río Drina. Desde allí, una carretera pequeña y precaria me debería llevar a la frontera con Montenegro.

Cuando digo pequeña y precaria, me refiero a zonas sin asfalto a pesar de una cantidad de tráfico importante. Eso sí, el valle es espectacular y paro en un par de sitios en los que se puede para disfrutarlo. Cuando llego a la frontera, es un puente de madera sobre el río. La estructura es de hierro pero impresiona igual. Pasar la frontera es espectacular. Hay cola, pero me sigue sin importar.

En torno a Bosnia y Herzegovina

Fronteras I

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

Los Balcanes son seguramente uno de los rincones más desconocidos a la vez que espectaculares del Mediterráneo. Con una naturaleza asombrosa y una gente por lo general muy amable, resulta un placer moverse por allí.

Este viaje comienza en Cetiña, la capital histórica de Montenegro. Conmigo preguntando en una ferretería si una carretera que he encontrado en Here —la app que suelo usar para moverme fuera de lo normal— está asfaltada o no. Ese día voy a hacer cosas en tres países distintos antes de comer. Me encanta mi trabajo.

Desde que salió aquel anuncio de BMW con el lema de «Me gusta conducir», saco la mano por la ventanilla y disfruto del aire. La carretera es genial. Pequeña, con curvas y vacía. Lo que más me gusta. Voy camino de la frontera con Bosnia y Herzegovina y quiero bajar hasta Trebinje por el valle del rio Trebišnjica. Las vistas son espectaculares y se vislumbra un valle precioso tras el paso fronterizo. Es la primera vez que cruzo una frontera en la zona y estoy un poco expectante. Hay bastante tráfico, pero la cola va rápida.

Para cruzar fronteras en los Balcanes en un coche alquilado tienes que contratar un seguro adicional, la llamada «Tarjeta Verde». En todos los pasos fronterizos te piden los papeles del coche junto con tu pasaporte. Si no llevas la tarjeta, no te dejan pasar. Más allá de eso, no existe el menor problema.

Lo primero que me llama la atención más allá del paisaje, son las banderas. El puesto fronterizo tiene una bandera de Bosnia y Herzegovina, azul y amarilla con estrellas blancas. Sin embargo, la carretera está plagada de banderas serbias. Mi amigo Andrew me adelantó que el conflicto en Bosnia sigue vivo. Durante los acuerdos de paz, se establecieron dos «entidades» —así las llaman. Por un lado, la Federación y por el otro, la República Srperska —léase serbia. Lo más curioso es que lo que separa ambas entidades es la línea de frente consolidada antes de los acuerdos de Dayton en 1995. El estado se rige por esos acuerdos y cuenta con tres líderes que representan a las tres comunidades mayoritarias: bosniacos (musulmanes), serbo-bosnios (ortodoxos) y bosnio-croatas (católicos). Simplificando mucho el conflicto, se puede entender así. Os recomiendo muy encarecidamente que leáis sobre la historia de la región, porque la maraña de nacionalismos étnicos que conviven en la zona es apasionante.

En otro capítulo de esta serie hablaré sobre la herencia otomana, pero en este caso también viene a cuenta referirse a ello. De hecho, buena parte del patrimonio otomano que queda en la zona está conservado con financiación turca. La gestión es enrevesada y curiosa, pero a nivel estatal solo existe una oficina que garantiza la protección del patrimonio de los «otros», con roles invertidos según el pueblo en el que estemos. A nivel personal, hay buena relación entre los profesionales, pero a nivel institucional es un caos. Lo mejor de todo, detalles como que el museo nacional en Sarajevo no tiene ninguna entidad de respaldo, está en el limbo, porque no estaba recogido en los acuerdos.

Pero volvamos a la carretera. Sigo hacia el sur, cruzo a la Federación y pocos kilómetros después estoy atascado en la frontera con Croacia. Hace buen día y la cantidad de coches que esperan a cruzar a Dubrovnik se extiende por un par de kilómetros. El paso fronterizo es monstruoso y están haciendo un desdoble en medio de la ladera para ampliarlo. No me importa mucho la espera. Tengo música y unas vistas del Adriático excepcionales. El día anterior me habían dicho un truco para cruzar por un paso al sur de Igalo desde Montenegro. Pero ya había hecho la carretera bonita desde Cetiña a Kotor el día anterior y quería ver esos valles de los que tanto me habían hablado. Mereció la pena.

El paso no tiene mayor misterio. Dubrovnik es un atraco, pero un atraco precioso. Tengo que pagar más de treinta euros en un aparcamiento público por poco más de dos horas. Suerte que el pueblo en el que haré noche (en Slano) no es para nada caro y es muy agradable. Desde allí, cruzo de vuelta a Bosnia y Herzegovina por un paso local en el que no tengo problemas. Me encanta, porque ambas policías comparten caseta, pequeña, para los que entramos y los que salen. Sólo había un coche delante, seguramente de la zona, charlando con ellos. No tiene nada que ver con el monstruo del día anterior. El paisaje, de nuevo, es espectacular. Paro para consultar el mapa y cuando echo la vista atrás ni siquiera veo la carretera entre los árboles. Desde allí, iré a un valle, también bonito, de nuevo junto al río Trebišnjica, que aquí ejerce de frontera entre las dos entidades. Cruzo, vuelvo a las banderas y subo poco a poco hacia Mostar. Por el camino, Stolac es una preciosidad y puedo parar a ver también uno de los sitios Patrimonio Mundial, las tumbas medievales de Stećci. Están al lado de la carretera, pero me comentan las chicas del centro de visitantes que hay al menos otras tres o cuatro localizaciones visitables si vuelvo carretera atrás. Voy con el tiempo pegado así que sigo hacia Mostar.

Allí, el contingente español trató de mantener la paz durante la guerra. Hay buena memoria entre los bosniac. Éramos uno de los pocos escudos que tenían. El río Neretva separa dos barrios muy diferentes. A un lado el bosnio-croata y al otro el bosniac. Los minaretes y las torres de iglesia compiten en altura. Otro sitio Patrimonio Mundial, el puente viejo, sigue generando controversia para algunos porque lo han pagado los turcos. Cuando llego, hay una competición de saltos de Red Bull desde lo alto. Impresiona. Mostar es ejemplo de una de esas fronteras invisibles que tiene el país. Ni siquiera existe la frontera administrativa que representa la República Srperska, simplemente está ahí, separando a musulmanes y católicos y con un montón de turistas aplaudiendo a los saltadores en medio, la mayoría sin la menor consciencia de esa realidad.

Cuando subo hacia Sarajevo tengo que acercarme por fuerza a las «pirámides» de Visoko. Eso da para otra historia. La capital es apasionante. La llaman la Jerusalén europea. Hoy, lejos de integrar culturas, sigue segregando el Este y el Oeste, con la frontera administrativa de las dos entidades cruzando la ciudad sobre el monte Mojmilo. Bajo a ver uno de los pocos sitios que interpretan el conflicto. El túnel D-B, bajo el aeropuerto, por donde metían provisiones durante el asedio mientras los serbios disparaban y las fuerzas de «paz» miraban.

La última frontera del viaje me devolvía a la belleza de los paisajes. Tomo el camino corto a lo largo del río Bistrica hasta Brod, un pequeño pueblo industrial junto al río Drina. Desde allí, una carretera pequeña y precaria me debería llevar a la frontera con Montenegro.

Cuando digo pequeña y precaria, me refiero a zonas sin asfalto a pesar de una cantidad de tráfico importante. Eso sí, el valle es espectacular y paro en un par de sitios en los que se puede para disfrutarlo. Cuando llego a la frontera, es un puente de madera sobre el río. La estructura es de hierro pero impresiona igual. Pasar la frontera es espectacular. Hay cola, pero me sigue sin importar.