La tierra prometida 1: Israel y Palestina

Fronteras IV

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

Cuando empecé organizar mi viaje a Israel me lo planteé como el primero y último que iba a hacer. Por primera vez en mucho tiempo tenía miedo. No por el conflicto en sí sino por la coerción del estado. Me dejé el ordenador en Atenas y casi me llevo un Nokia de esos que solo tienen la agenda y la serpiente. He de reconocer que estaba un poco paranoico. Cuando llegas al aeropuerto te recibe un mosaico gigante. Entras en una tierra llena de historia, la tierra prometida. Jerusalén es ciudad santa para las tres principales religiones monoteístas. Judíos, cristianos y musulmanes tenemos allí el centro de nuestra fe.

Lo primero que me chocó a la entrada fue la entrevista que te hacen en el control. Me recordó a ese formulario absurdo que había que rellenar en Estados Unidos donde te preguntaban abiertamente si ibas a delinquir. ¿Es que alguien que va a delinquir lo admite antes de hacerlo en un documento público? Al salir del aeropuerto pasé a recoger mi coche. La primera pregunta era obligada: ¿Puedo cruzar a los Estados Palestinos con él? No.

Me habían dado un coche automático y con cámara. Los odio. La cámara me volvió más paranoico aún. Sabían donde estaba en todo momento, seguro. No podía jugármela. Recorrí el país de norte a sur, visitando sitios y colegas según el plan trazado. Todos los días a las cinco de la mañana estaba en la carretera y a las nueve de la noche camino de la cama. Le pregunté a varias personas cómo se podía cruzar a Palestina. Ninguna lo sabía, ninguna lo había hecho. En Jerusalén, la circulación es fluida, los controles nominales más allá de la explanada. De facto, es territorio israelí y así lo hacen patente día tras día. El país está dividido en tres zonas: La primera, de control total de Israel; la tercera, de control total palestino; la segunda, territorio palestino controlado por Israel. En ocasiones no tengo claro por dónde puedo conducir y por donde no, así que terminó pasando lo que tenía que pasar.

Volvía de Masada a una reunión en Jerusalén. Google me marcó una ruta, pero había una carretera amarilla mucho más directa. Me aventuré y pronto llegué a un control. Me entró el pánico. No podía dar marcha atrás y de repente crucé una barrera de pinchos. Al pasar no te miran, la entrada es libre. Aparqué unos metros más adelante, cogí el pasaporte y salí del coche. En un segundo un guardia armado con fusil salió apuntándome y gritándome en hebreo. Los militares ni se inmutaron. La mayoría son jóvenes haciendo el servicio obligatorio. Levanté las manos mostrando el pasaporte y le dije en inglés que era español y tenía una pregunta. Su inglés era precario, pero nos entendimos. Le comenté que el coche era alquilado y que no podía entrar en territorio palestino con él, pero que tenía que ir a Jerusalén y Google me había metido por allí. Mentí. «La carretera es Israel», me dijo tajante. Le di las gracias y seguí conduciendo. A mitad de camino me lo empecé a creer. Puestos de vigilancia, cámaras, desvíos permitidos a algunas colonias y otros prohibidos para adentrarse a Palestina. Era una situación dantesca. Pero llegué a mi destino. Lo cierto es que todas las zonas cercanas a la frontera están llenas de militares. En las paradas de autobús, en los cruces, hasta en el tranvía de Jerusalén. Impacta.

Se acercaba la Navidad y quería visitar Belén, así que me acerqué en un autobús al paso y seguí andando. Entré por la entrada de los coches y nadie me dijo nada. Me perdí. Google no entendía bien las calles de la ciudad y tuve que navegar a ojo sobre una imagen en la que faltaban la mitad de las calles. Al volver quise seguir el mismo camino, pero un soldado de origen etíope me paró. Era simpático, charlamos un rato, pero no hubo manera de colarme ni con el pasaporte en la boca. Me tocó pasar por el control. No había casi nadie y fue rápido, apenas me miraron el pasaporte. Eso sí, pensar en cómo sería eso en hora punta me ponía los pelos de punta. Una jaula sin contacto humano en la que parecíamos reses en la línea del matadero a punto de recibir la puntilla. No había margen ni con un par de niños que estaban cruzando de vuelta del colegio. Seguramente su familia vivía en Jerusalén, pero estaban en algún colegio privado religioso de Belén. El uniforme me recordaba mucho a los de España. Pasé, prueba superada. Al la salida del control, un pasillo blanco y amplio lleno de anuncios coloridos y de buen rollo de la oficina de turismo. ¿A quién pretenden engañar?

Ir a Ramala era otra historia. No era una opción andar y no me podía arriesgar a llevar el coche, especialmente porque si le pasaba algo estaría j*****. Había intentado contactar con gente de allí, pero solo tuve una respuesta. Quedamos a comer. Quise aprovechar el día para ver la ciudad e intentar acercarme al Ministerio. Opté por un autobús que sale de la zona palestina y que me costó bastante encontrar. Hacía un día malísimo. Frío y agua. Yo sin paraguas, inconsciente de mi. ¿Cómo iba a llover allí? Me acordé de un estudiante norteamericano que vino a una excursión a Granada con pantalones cortos y chanclas en Febrero. Me sentí estúpido. Más todavía después de la chupa de agua que me comí perdido por la ciudad. El autobús era lento, especialmente por el atasco que había para llegar al centro de Ramala, pero una vez más no hubo que parar.

Google no sirve para nada en Palestina. El callejero no se corresponde en la mayoría de las calles, incluso la situación de los pocos locales que aparecen en el mapa está mal. Tenía una tarjeta de teléfono israelí, pero la cobertura solo me daba para media ciudad. En el ayuntamiento no sabían dónde estaba el ministerio. La oficina de turismo estaba cerrada. Seguía lloviendo. Un taxi me llevó hasta el sitio en el que habíamos quedado. Yo estaba completamente perdido. Suerte que el compañero me devolvió a la estación de autobuses en su coche.

En la estación, me dijeron que subiese rápido al autobús. Aunque eran poco más de las cuatro iban a cerrar el paso para los autobuses y seguramente ese sería el último en cruzar. No me lo podía creer, pero estaba tan mojado que preferí volver a la habitación. Aún tenia un largo camino hasta Tel Aviv. La vuelta fue más larga. Estuvimos parados en el paso durante casi veinte minutos. Casi toda la gente se había bajado del autobús para cruzar andando. Cuando subieron los soldados apenas miraron mi pasaporte. Los europeos no importamos, la frontera no existe, es solo imaginación nuestra. Parece absurdo, pero en el discurso de unidad nacional es así. Palestina no existe, luego la frontera no existe. Se me quitan las ganas de todo. A pesar de ello, seis meses después estaba de vuelta con la lección aprendida.

En el aeropuerto, volviendo a casa, me preguntan si he conocido a alguien en Israel. Les digo que sí. Me preguntan si eran judíos. Les digo que creo que sí. Me preguntan si puedo decirles sus nombres. Me quedo con ganas de preguntarle si conoce a todos los israelís, pero he hecho el upgrade a business y me apetece disfrutar de la sala VIP esa tarde. Le digo el nombre del mediático jefe de arqueología del área de Jerusalén. A mitad de la historia sobre mi trabajo me dice que pase.

Cruzar la frontera de salida me supuso media hora en el fast track. Dicen que llega a las tres horas en la fila normal. Mi vuelo salió tarde así que al menos disfruté de la sala VIP.

Continuará…

La tierra prometida 1: Israel y Palestina

Fronteras IV

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

Cuando empecé organizar mi viaje a Israel me lo planteé como el primero y último que iba a hacer. Por primera vez en mucho tiempo tenía miedo. No por el conflicto en sí sino por la coerción del estado. Me dejé el ordenador en Atenas y casi me llevo un Nokia de esos que solo tienen la agenda y la serpiente. He de reconocer que estaba un poco paranoico. Cuando llegas al aeropuerto te recibe un mosaico gigante. Entras en una tierra llena de historia, la tierra prometida. Jerusalén es ciudad santa para las tres principales religiones monoteístas. Judíos, cristianos y musulmanes tenemos allí el centro de nuestra fe.

Lo primero que me chocó a la entrada fue la entrevista que te hacen en el control. Me recordó a ese formulario absurdo que había que rellenar en Estados Unidos donde te preguntaban abiertamente si ibas a delinquir. ¿Es que alguien que va a delinquir lo admite antes de hacerlo en un documento público? Al salir del aeropuerto pasé a recoger mi coche. La primera pregunta era obligada: ¿Puedo cruzar a los Estados Palestinos con él? No.

Me habían dado un coche automático y con cámara. Los odio. La cámara me volvió más paranoico aún. Sabían donde estaba en todo momento, seguro. No podía jugármela. Recorrí el país de norte a sur, visitando sitios y colegas según el plan trazado. Todos los días a las cinco de la mañana estaba en la carretera y a las nueve de la noche camino de la cama. Le pregunté a varias personas cómo se podía cruzar a Palestina. Ninguna lo sabía, ninguna lo había hecho. En Jerusalén, la circulación es fluida, los controles nominales más allá de la explanada. De facto, es territorio israelí y así lo hacen patente día tras día. El país está dividido en tres zonas: La primera, de control total de Israel; la tercera, de control total palestino; la segunda, territorio palestino controlado por Israel. En ocasiones no tengo claro por dónde puedo conducir y por donde no, así que terminó pasando lo que tenía que pasar.

Volvía de Masada a una reunión en Jerusalén. Google me marcó una ruta, pero había una carretera amarilla mucho más directa. Me aventuré y pronto llegué a un control. Me entró el pánico. No podía dar marcha atrás y de repente crucé una barrera de pinchos. Al pasar no te miran, la entrada es libre. Aparqué unos metros más adelante, cogí el pasaporte y salí del coche. En un segundo un guardia armado con fusil salió apuntándome y gritándome en hebreo. Los militares ni se inmutaron. La mayoría son jóvenes haciendo el servicio obligatorio. Levanté las manos mostrando el pasaporte y le dije en inglés que era español y tenía una pregunta. Su inglés era precario, pero nos entendimos. Le comenté que el coche era alquilado y que no podía entrar en territorio palestino con él, pero que tenía que ir a Jerusalén y Google me había metido por allí. Mentí. «La carretera es Israel», me dijo tajante. Le di las gracias y seguí conduciendo. A mitad de camino me lo empecé a creer. Puestos de vigilancia, cámaras, desvíos permitidos a algunas colonias y otros prohibidos para adentrarse a Palestina. Era una situación dantesca. Pero llegué a mi destino. Lo cierto es que todas las zonas cercanas a la frontera están llenas de militares. En las paradas de autobús, en los cruces, hasta en el tranvía de Jerusalén. Impacta.

Se acercaba la Navidad y quería visitar Belén, así que me acerqué en un autobús al paso y seguí andando. Entré por la entrada de los coches y nadie me dijo nada. Me perdí. Google no entendía bien las calles de la ciudad y tuve que navegar a ojo sobre una imagen en la que faltaban la mitad de las calles. Al volver quise seguir el mismo camino, pero un soldado de origen etíope me paró. Era simpático, charlamos un rato, pero no hubo manera de colarme ni con el pasaporte en la boca. Me tocó pasar por el control. No había casi nadie y fue rápido, apenas me miraron el pasaporte. Eso sí, pensar en cómo sería eso en hora punta me ponía los pelos de punta. Una jaula sin contacto humano en la que parecíamos reses en la línea del matadero a punto de recibir la puntilla. No había margen ni con un par de niños que estaban cruzando de vuelta del colegio. Seguramente su familia vivía en Jerusalén, pero estaban en algún colegio privado religioso de Belén. El uniforme me recordaba mucho a los de España. Pasé, prueba superada. Al la salida del control, un pasillo blanco y amplio lleno de anuncios coloridos y de buen rollo de la oficina de turismo. ¿A quién pretenden engañar?

Ir a Ramala era otra historia. No era una opción andar y no me podía arriesgar a llevar el coche, especialmente porque si le pasaba algo estaría j*****. Había intentado contactar con gente de allí, pero solo tuve una respuesta. Quedamos a comer. Quise aprovechar el día para ver la ciudad e intentar acercarme al Ministerio. Opté por un autobús que sale de la zona palestina y que me costó bastante encontrar. Hacía un día malísimo. Frío y agua. Yo sin paraguas, inconsciente de mi. ¿Cómo iba a llover allí? Me acordé de un estudiante norteamericano que vino a una excursión a Granada con pantalones cortos y chanclas en Febrero. Me sentí estúpido. Más todavía después de la chupa de agua que me comí perdido por la ciudad. El autobús era lento, especialmente por el atasco que había para llegar al centro de Ramala, pero una vez más no hubo que parar.

Google no sirve para nada en Palestina. El callejero no se corresponde en la mayoría de las calles, incluso la situación de los pocos locales que aparecen en el mapa está mal. Tenía una tarjeta de teléfono israelí, pero la cobertura solo me daba para media ciudad. En el ayuntamiento no sabían dónde estaba el ministerio. La oficina de turismo estaba cerrada. Seguía lloviendo. Un taxi me llevó hasta el sitio en el que habíamos quedado. Yo estaba completamente perdido. Suerte que el compañero me devolvió a la estación de autobuses en su coche.

En la estación, me dijeron que subiese rápido al autobús. Aunque eran poco más de las cuatro iban a cerrar el paso para los autobuses y seguramente ese sería el último en cruzar. No me lo podía creer, pero estaba tan mojado que preferí volver a la habitación. Aún tenia un largo camino hasta Tel Aviv. La vuelta fue más larga. Estuvimos parados en el paso durante casi veinte minutos. Casi toda la gente se había bajado del autobús para cruzar andando. Cuando subieron los soldados apenas miraron mi pasaporte. Los europeos no importamos, la frontera no existe, es solo imaginación nuestra. Parece absurdo, pero en el discurso de unidad nacional es así. Palestina no existe, luego la frontera no existe. Se me quitan las ganas de todo. A pesar de ello, seis meses después estaba de vuelta con la lección aprendida.

En el aeropuerto, volviendo a casa, me preguntan si he conocido a alguien en Israel. Les digo que sí. Me preguntan si eran judíos. Les digo que creo que sí. Me preguntan si puedo decirles sus nombres. Me quedo con ganas de preguntarle si conoce a todos los israelís, pero he hecho el upgrade a business y me apetece disfrutar de la sala VIP esa tarde. Le digo el nombre del mediático jefe de arqueología del área de Jerusalén. A mitad de la historia sobre mi trabajo me dice que pase.

Cruzar la frontera de salida me supuso media hora en el fast track. Dicen que llega a las tres horas en la fila normal. Mi vuelo salió tarde así que al menos disfruté de la sala VIP.

Continuará…