La tierra prometida 2: Jordania y Palestina

Fronteras V

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

Pasaron unos meses y me disponía a volar a Jordania. Vuelo nocturno, congreso en la mañana y yo sin hotel. Iba a aprovechar el congreso para hacer el trabajo en el país, pero como uno se olvida rápido de lo malo y he de reconocer que he hecho amigos en Israel, decidí volver a pasar y terminar el trabajo en condiciones también allí.

Cuando planeé el viaje busqué las opciones. No podía cruzar con un coche jordano. Los vuelos directos desde Amán eran muy caros, así que tendría que hacerlo por tierra. Hay tres pasos: Uno al Norte, otro al Sur y otro en el medio. Hay un cuarto paso para palestinos que quieren cruzar a Jordania. Muchos de ellos usan pasaporte jordano directamente. Según dicen los pasos del Norte y del Sur son más fáciles, pero llegar hasta allí no.

Pronto me doy cuenta de que el transporte público en Jordania no es muy bueno. La única opción viable son los taxis. Amán es una ciudad monstruosa con un tráfico horrible. El congreso es en otra pequeña ciudad a las afueras y tengo la suerte de contar con un autobús para estudiantes justo delante del hotel. Mi preocupación sigue siendo llegar a la frontera para cruzar de nuevo a Israel en unos días. No tengo ni idea de como llegar y los blog tampoco aclaran demasiado la situación. Al fin, un colega de un amigo me da el contacto de su chofer y arreglamos hacer el trayecto por veinte euros. De perdidos al río. Para la vuelta he decidido alquilar un coche en el mismo paso, aunque ni Avis ni Hertz, que son las que suelo usar, sirven desde allí. Uso Enterprise y espero que funcione. Al menos no me hacen pagar por adelantado.

El panorama en la frontera es un poco desolador. Una calle sucia atestada de coches, taxis y gente que da a una especie de terminal para el paso. Allí, dieciocho euros de visado de salida y una sala de espera para coger un autobús. Si pagas mucho más hay una sala VIP que te lleva en una furgoneta de lujo. El autobús cuesta otros tres euros. Esperamos, esperamos y empezamos a andar. Por el camino, que no son más de dos kilómetros, solo se ve la huella del río Jordán. Llegamos a un puesto, comprueban que hemos pagado y cruzamos a la terminal israelí.

Allí, una funcionaria mira mi pasaporte, me mira y me dice: «Almansa, suena musulmán». Le digo que estoy bautizado católico, pero que el apellido está en la lista de sefardíes. Es verdad, lo he mirado. Se queda cortada y no termina la entrevista, me devuelve el pasaporte y me desea una buena estancia. La terminal israelí no es mucho mejor que la jordana. A la puerta sólo hay dos opciones de transporte público. Estamos realmente en territorio palestino y bien vamos en uno de los autobuses que salen para la zona de Jericó, o en el minibús que sube a Jerusalén. No recuerdo el precio, pero no es barato. El minibús te deja cerca de la estación de autobuses, aunque a la vuelta me costará encontrarlo.

Además de ver a colegas israelís, he conseguido volver a contactar a algunas personas en Ramala. Es agosto y no espero que llueva. Tampoco hace tanto calor como esperaba. Cruzo tres veces. Dos a Ramala, donde ya me muevo con cierta soltura y una a Dayr Dibwan, un pueblo lleno de mansiones de palestinos emigrados. Literalmente mansiones de millones de euros. El metro cuadrado en la zona está por encima de muchas capitales europeas y está creando problemas serios de gestión en Tell Ai, el sitio en el que he quedado con un profesor palestino. Llegar no es difícil, aunque tenemos que sortear dos controles israelís que se van chivando por radio los conductores. El tipo es majo y me ha dado hasta su teléfono por si tengo problemas para volver después. Por suerte, será uno de los estudiantes, que vive en Jerusalén, el que me llevará de vuelta en su coche y no salgo de mi asombro cuando cruzamos sin ningún tipo de problema el único control de carretera que nos hemos encontrado. Se lo sabe bien. Él puede hacerlo porque tiene pasaporte y coche israelí. Ni siquiera nos pararon. Esto me hace pensar que debe haber millones de formas de cruzar entre los dos territorios sin pasar controles, pero hay que sabérselos. Me recuerda la experiencia de diciembre que conté en el post anterior.

La segunda vez que voy a Ramala tengo un problema a la vuelta. Contra todo pronóstico han cerrado el paso para autobuses y tengo que coger un minibús hasta el paso. Nos lleva por un camino de tierra junto al muro. Aún no he hablado del muro. No quiero hablar del muro. El muro es una vergüenza que rodea a buena parte de Jerusalén para separarla de las ciudades palestinas vecinas. En el control nos tenemos que bajar y cruzar andando. La misma historia que el Belén pero un poco más incómoda. Me piden el visado y tardo un poco en pasar. Debe haber pasado algo, o simplemente Kalandia es el paso malo.

Intento ir a Jericó, pero ese día han cerrado el paso para autobuses y es imposible sin dejarse un dineral en el taxi. Tengo que cancelar la reunión que había cerrado allí. Al día siguiente me toca volver a Jordania. Mismo camino, nuevas sorpresas. El minibús al paso está escondido en un patio cerca de donde nos dejó. En la terminal un funcionario de origen argentino me pregunta en español si soy del Madrid o del Barça. Le digo que soy del Racing de Santander y me dice que tiene familia en Santander. Pero eso no me va a librar de pagar los cincuenta euros del visado de salida. Es el único paso en el que existe, seguramente para explotar el tránsito de turistas que se mueven por Tierra Santa. Tres más para el autobús y me alegro de haber alquilado un coche. Cruzar desde Amán a Jerusalén por tierra no son menos de cuatro horas por trayecto y ciento cincuenta euros en total. Creo que no lo voy a volver a hacer.

En el autobús de la frontera he conocido a una pareja de italianos y se vienen conmigo a ver el sitio del bautismo camino del pueblo donde harán noche. El sitio está en el Jordán, en la misma frontera. Aún nos quedaba algo extravagante por ver. Al llegar al río, del lado israelí, un grupo, creo que de nigerianos, estaba bautizándose en el mismo río. Los jordanos no lo permiten, los israelíes sí. Esa noche me relajé en el mar Muerto. Lo necesitaba. Flotar en una frontera es curioso.

La tierra prometida 2: Jordania y Palestina

Fronteras V

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

Pasaron unos meses y me disponía a volar a Jordania. Vuelo nocturno, congreso en la mañana y yo sin hotel. Iba a aprovechar el congreso para hacer el trabajo en el país, pero como uno se olvida rápido de lo malo y he de reconocer que he hecho amigos en Israel, decidí volver a pasar y terminar el trabajo en condiciones también allí.

Cuando planeé el viaje busqué las opciones. No podía cruzar con un coche jordano. Los vuelos directos desde Amán eran muy caros, así que tendría que hacerlo por tierra. Hay tres pasos: Uno al Norte, otro al Sur y otro en el medio. Hay un cuarto paso para palestinos que quieren cruzar a Jordania. Muchos de ellos usan pasaporte jordano directamente. Según dicen los pasos del Norte y del Sur son más fáciles, pero llegar hasta allí no.

Pronto me doy cuenta de que el transporte público en Jordania no es muy bueno. La única opción viable son los taxis. Amán es una ciudad monstruosa con un tráfico horrible. El congreso es en otra pequeña ciudad a las afueras y tengo la suerte de contar con un autobús para estudiantes justo delante del hotel. Mi preocupación sigue siendo llegar a la frontera para cruzar de nuevo a Israel en unos días. No tengo ni idea de como llegar y los blog tampoco aclaran demasiado la situación. Al fin, un colega de un amigo me da el contacto de su chofer y arreglamos hacer el trayecto por veinte euros. De perdidos al río. Para la vuelta he decidido alquilar un coche en el mismo paso, aunque ni Avis ni Hertz, que son las que suelo usar, sirven desde allí. Uso Enterprise y espero que funcione. Al menos no me hacen pagar por adelantado.

El panorama en la frontera es un poco desolador. Una calle sucia atestada de coches, taxis y gente que da a una especie de terminal para el paso. Allí, dieciocho euros de visado de salida y una sala de espera para coger un autobús. Si pagas mucho más hay una sala VIP que te lleva en una furgoneta de lujo. El autobús cuesta otros tres euros. Esperamos, esperamos y empezamos a andar. Por el camino, que no son más de dos kilómetros, solo se ve la huella del río Jordán. Llegamos a un puesto, comprueban que hemos pagado y cruzamos a la terminal israelí.

Allí, una funcionaria mira mi pasaporte, me mira y me dice: «Almansa, suena musulmán». Le digo que estoy bautizado católico, pero que el apellido está en la lista de sefardíes. Es verdad, lo he mirado. Se queda cortada y no termina la entrevista, me devuelve el pasaporte y me desea una buena estancia. La terminal israelí no es mucho mejor que la jordana. A la puerta sólo hay dos opciones de transporte público. Estamos realmente en territorio palestino y bien vamos en uno de los autobuses que salen para la zona de Jericó, o en el minibús que sube a Jerusalén. No recuerdo el precio, pero no es barato. El minibús te deja cerca de la estación de autobuses, aunque a la vuelta me costará encontrarlo.

Además de ver a colegas israelís, he conseguido volver a contactar a algunas personas en Ramala. Es agosto y no espero que llueva. Tampoco hace tanto calor como esperaba. Cruzo tres veces. Dos a Ramala, donde ya me muevo con cierta soltura y una a Dayr Dibwan, un pueblo lleno de mansiones de palestinos emigrados. Literalmente mansiones de millones de euros. El metro cuadrado en la zona está por encima de muchas capitales europeas y está creando problemas serios de gestión en Tell Ai, el sitio en el que he quedado con un profesor palestino. Llegar no es difícil, aunque tenemos que sortear dos controles israelís que se van chivando por radio los conductores. El tipo es majo y me ha dado hasta su teléfono por si tengo problemas para volver después. Por suerte, será uno de los estudiantes, que vive en Jerusalén, el que me llevará de vuelta en su coche y no salgo de mi asombro cuando cruzamos sin ningún tipo de problema el único control de carretera que nos hemos encontrado. Se lo sabe bien. Él puede hacerlo porque tiene pasaporte y coche israelí. Ni siquiera nos pararon. Esto me hace pensar que debe haber millones de formas de cruzar entre los dos territorios sin pasar controles, pero hay que sabérselos. Me recuerda la experiencia de diciembre que conté en el post anterior.

La segunda vez que voy a Ramala tengo un problema a la vuelta. Contra todo pronóstico han cerrado el paso para autobuses y tengo que coger un minibús hasta el paso. Nos lleva por un camino de tierra junto al muro. Aún no he hablado del muro. No quiero hablar del muro. El muro es una vergüenza que rodea a buena parte de Jerusalén para separarla de las ciudades palestinas vecinas. En el control nos tenemos que bajar y cruzar andando. La misma historia que el Belén pero un poco más incómoda. Me piden el visado y tardo un poco en pasar. Debe haber pasado algo, o simplemente Kalandia es el paso malo.

Intento ir a Jericó, pero ese día han cerrado el paso para autobuses y es imposible sin dejarse un dineral en el taxi. Tengo que cancelar la reunión que había cerrado allí. Al día siguiente me toca volver a Jordania. Mismo camino, nuevas sorpresas. El minibús al paso está escondido en un patio cerca de donde nos dejó. En la terminal un funcionario de origen argentino me pregunta en español si soy del Madrid o del Barça. Le digo que soy del Racing de Santander y me dice que tiene familia en Santander. Pero eso no me va a librar de pagar los cincuenta euros del visado de salida. Es el único paso en el que existe, seguramente para explotar el tránsito de turistas que se mueven por Tierra Santa. Tres más para el autobús y me alegro de haber alquilado un coche. Cruzar desde Amán a Jerusalén por tierra no son menos de cuatro horas por trayecto y ciento cincuenta euros en total. Creo que no lo voy a volver a hacer.

En el autobús de la frontera he conocido a una pareja de italianos y se vienen conmigo a ver el sitio del bautismo camino del pueblo donde harán noche. El sitio está en el Jordán, en la misma frontera. Aún nos quedaba algo extravagante por ver. Al llegar al río, del lado israelí, un grupo, creo que de nigerianos, estaba bautizándose en el mismo río. Los jordanos no lo permiten, los israelíes sí. Esa noche me relajé en el mar Muerto. Lo necesitaba. Flotar en una frontera es curioso.