Las piedras no hablan

Sobre la poética de los paneles vacíos

Acababa de entrar la primavera y me pillaba en Chipre. No podía pedir más. Me había dejado un día para ver yacimientos antes de reunirme con algunas personas en la isla. Los últimos meses estoy viajando mucho para completar mi proyecto actual, donde analizo la gestión del patrimonio arqueológico en el contexto mediterráneo. Mientras paseaba por las Tumbas de los Reyes en Pafos me topé con un soporte para cartel roído por el óxido, pero en un entorno precioso. Me quedó una foto bastante bonita, tan bonita, que la estoy usando para ilustrar este texto. Más tarde, en el santuario de Apolo Hylates me encontré con otro soporte, esta vez nuevo, pero igualmente vacío de contenido. Cuando visitas yacimientos arqueológicos de forma esporádica, hay muchos detalles que pasas de largo. Cuando los visitas de forma sistemática, te empiezas a dar cuenta de algunas cosas. Al llegar al hotel me puse a revisar fotos de los últimos viajes y me di cuenta de que los no-paneles, esas estructuras vacías o carcomidas por el sol y el vandalismo, eran la tónica reinante en la arqueología mediterránea.

Unos días después, ya de vuelta en Grecia, comentaba con un colega la ausencia generalizada de buenos materiales de interpretación en los yacimientos griegos. Su respuesta me dejó pasmado. «Las piedras hablan». No podía estar más en desacuerdo con él, pero la cortesía me cerró la boca. Entonces me empecé a obsesionar, y una realidad que hacía tiempo que venía observando se convirtió en un tema recurrente en mis pensamientos durante los innumerables tránsitos que tuve estos meses. ¿Por qué gastamos cientos de miles de euros en infraestructuras arqueológicas y dejamos los sitios huérfanos de interpretación? Mi obsesión me llevó a rememorar experiencias pasadas, a pensar posibles causas, incluso a tramar un complejo complot del gremio de guías con el que muchas veces he bromeado. Pero lo cierto es que sigo sin saber a ciencia cierta el por qué y eso que lo sigo preguntando cuando hablo con gente del gremio.

Aunque por encima de todo, me seguía intrigando qué nos dicen las piedras. Como arqueólogo, tengo millones de respuestas que nos llevan al corazón del método y la interpretación, pero me gusta ponerme en los zapatos de una persona corriente que visita cualquier yacimiento, no en los de un profesional que de verdad puede interrogar al registro arqueológico, eso sí, con medios. Pienso en mi madre, el día que la llevé a visitar la Acrópolis de Atenas con una amiga guía. De no ser por ella, no se habría enterado de nada y así me lo hizo saber. Eran piedras, bonitas, pero piedras. No le hablaban. Y pensé que, si no le hablan las piedras de la Acrópolis ateniense, cómo podía esperar que le hablen los adobes de Jericó o la cerámica campaniforme. Es obvio, ¿verdad? Pues no lo parece, y seguimos siendo negligentes en museos y yacimientos arqueológicos a la hora interpretar u ofrecer recursos para la interpretación. Seguimos construyendo la casa por el tejado, nunca mejor dicho, con grandes infraestructuras museísticas vacías de contenido real. Eso sí, pensamos en los soportes. En paneles sin información, audios sin audio y videos que reproducen lo que podemos ver con nuestros propios ojos y leer en los pocos materiales disponibles. Leemos por aburrimiento y nos aburrimos leyendo.

Por suerte, los últimos años están viendo esfuerzos sobresalientes por una mejor interpretación, más accesible a diferentes tipos de público y siguiendo con recomendaciones que hace décadas que deberíamos haber asumido. Algunas piedras nos pueden hablar desde la realidad aumentada y otros ejercicios de inmersión menos virtual que cada vez son más frecuentes. Sin embargo, la poética de los paneles vacíos está lejos de desaparecer, como si el romanticismo decimonónico estuviese de vuelta en cientos de sitios casi abandonados, donde la ruina es doble, arqueológica y contemporánea, atrayendo una belleza salvaje que dentro de poco nos obligará a hacer una arqueología de yacimientos arqueológicos visitables como ya hacemos a veces una arqueología de los depósitos de museo.

Tengo claro que las piedras no hablan, o al menos no dicen lo que esperamos. Pero tal vez estas no-historias que nos muestran los no-paneles estén abriendo la puerta a otras formas de disfrutar el espacio. Son formas que apelan a la belleza del entorno, no a su historia, y que convierten a los yacimientos en excusas inevitables dentro de esa tercera vida que disfrutan en mayor o menor medida. La responsabilidad profesional nos debería empujar a terminar con esa faceta pero, aunque solo sea por lo poético que conlleva, no está de más tenerla en cuenta.

Las piedras no hablan

Sobre la poética de los paneles vacíos

Acababa de entrar la primavera y me pillaba en Chipre. No podía pedir más. Me había dejado un día para ver yacimientos antes de reunirme con algunas personas en la isla. Los últimos meses estoy viajando mucho para completar mi proyecto actual, donde analizo la gestión del patrimonio arqueológico en el contexto mediterráneo. Mientras paseaba por las Tumbas de los Reyes en Pafos me topé con un soporte para cartel roído por el óxido, pero en un entorno precioso. Me quedó una foto bastante bonita, tan bonita, que la estoy usando para ilustrar este texto. Más tarde, en el santuario de Apolo Hylates me encontré con otro soporte, esta vez nuevo, pero igualmente vacío de contenido. Cuando visitas yacimientos arqueológicos de forma esporádica, hay muchos detalles que pasas de largo. Cuando los visitas de forma sistemática, te empiezas a dar cuenta de algunas cosas. Al llegar al hotel me puse a revisar fotos de los últimos viajes y me di cuenta de que los no-paneles, esas estructuras vacías o carcomidas por el sol y el vandalismo, eran la tónica reinante en la arqueología mediterránea.

Unos días después, ya de vuelta en Grecia, comentaba con un colega la ausencia generalizada de buenos materiales de interpretación en los yacimientos griegos. Su respuesta me dejó pasmado. «Las piedras hablan». No podía estar más en desacuerdo con él, pero la cortesía me cerró la boca. Entonces me empecé a obsesionar, y una realidad que hacía tiempo que venía observando se convirtió en un tema recurrente en mis pensamientos durante los innumerables tránsitos que tuve estos meses. ¿Por qué gastamos cientos de miles de euros en infraestructuras arqueológicas y dejamos los sitios huérfanos de interpretación? Mi obsesión me llevó a rememorar experiencias pasadas, a pensar posibles causas, incluso a tramar un complejo complot del gremio de guías con el que muchas veces he bromeado. Pero lo cierto es que sigo sin saber a ciencia cierta el por qué y eso que lo sigo preguntando cuando hablo con gente del gremio.

Aunque por encima de todo, me seguía intrigando qué nos dicen las piedras. Como arqueólogo, tengo millones de respuestas que nos llevan al corazón del método y la interpretación, pero me gusta ponerme en los zapatos de una persona corriente que visita cualquier yacimiento, no en los de un profesional que de verdad puede interrogar al registro arqueológico, eso sí, con medios. Pienso en mi madre, el día que la llevé a visitar la Acrópolis de Atenas con una amiga guía. De no ser por ella, no se habría enterado de nada y así me lo hizo saber. Eran piedras, bonitas, pero piedras. No le hablaban. Y pensé que, si no le hablan las piedras de la Acrópolis ateniense, cómo podía esperar que le hablen los adobes de Jericó o la cerámica campaniforme. Es obvio, ¿verdad? Pues no lo parece, y seguimos siendo negligentes en museos y yacimientos arqueológicos a la hora interpretar u ofrecer recursos para la interpretación. Seguimos construyendo la casa por el tejado, nunca mejor dicho, con grandes infraestructuras museísticas vacías de contenido real. Eso sí, pensamos en los soportes. En paneles sin información, audios sin audio y videos que reproducen lo que podemos ver con nuestros propios ojos y leer en los pocos materiales disponibles. Leemos por aburrimiento y nos aburrimos leyendo.

Por suerte, los últimos años están viendo esfuerzos sobresalientes por una mejor interpretación, más accesible a diferentes tipos de público y siguiendo con recomendaciones que hace décadas que deberíamos haber asumido. Algunas piedras nos pueden hablar desde la realidad aumentada y otros ejercicios de inmersión menos virtual que cada vez son más frecuentes. Sin embargo, la poética de los paneles vacíos está lejos de desaparecer, como si el romanticismo decimonónico estuviese de vuelta en cientos de sitios casi abandonados, donde la ruina es doble, arqueológica y contemporánea, atrayendo una belleza salvaje que dentro de poco nos obligará a hacer una arqueología de yacimientos arqueológicos visitables como ya hacemos a veces una arqueología de los depósitos de museo.

Tengo claro que las piedras no hablan, o al menos no dicen lo que esperamos. Pero tal vez estas no-historias que nos muestran los no-paneles estén abriendo la puerta a otras formas de disfrutar el espacio. Son formas que apelan a la belleza del entorno, no a su historia, y que convierten a los yacimientos en excusas inevitables dentro de esa tercera vida que disfrutan en mayor o menor medida. La responsabilidad profesional nos debería empujar a terminar con esa faceta pero, aunque solo sea por lo poético que conlleva, no está de más tenerla en cuenta.