¡Macedonia es Grecia!

Fronteras II

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

En junio de 2018 Grecia y la Antigua República Yugoslava de Macedonia llegan a un acuerdo aparentemente histórico. Ahora, ARYM se pasará a llamar Macedonia del Norte y mientras se desbloquea su entrada en la OTAN y en la UE, cientos de granjeros griegos van a protestar con sus banderas a la frontera. «¡Macedonia es Grecia!» es un grito omnipresente en Atenas durante unos días. Manifestaciones de la ultraderecha en Syntagma y la embajada de Estados Unidos, disturbios. A unos metros de mi casa, la sede de Amanecer Dorado, el partido ultraderechista griego, está desbordada y exultante. Son pocos, pero hacen mucho ruido.

Las fronteras en esta zona no están nada claras. La Macedonia clásica, con Filipo y Alejandro como máximos iconos de la grandeza griega, o macedonia, según se mire, se extiende por un territorio difícilmente encorsetable hoy en día. La Macedonia revivida en el siglo XIX sigue siendo difusa, y hoy afectaría a cinco países y medio: Grecia, Albania, Macedonia del Norte, Bulgaria, Serbia y Kosovo. Esa identidad creció al margen de la propia identidad griega, pero en un contexto multicultural donde la presencia otomana y eslava habían acabado con cualquier tipo de pureza étnica. Durante el proceso de formación del estado griego moderno, la conquista de Macedonia y el Épiro en el primer tercio del siglo XX se convirtió en un elemento fundamental. No en vano, el Axio es uno de los principales graneros griegos desde la antigüedad. Hoy es fácil pasear por Édessa o Flórina y encontrarse con abuelas que hablan macedonio en vez de griego, familias divididas a ambos lados de la frontera y «nuevos» —del siglo XX— colonos emigrados desde las islas y el Peloponeso.

Lo complicado de los Balcanes viene de atrás, y este primer tercio del siglo XX, con cuatro grandes guerras en las que la naciente Grecia y el muriente Imperio otomano fueron actores principales, puso las bases para un conflicto que no se haría patente hasta el desmembramiento de Yugoslavia.

Todo por un nombre, por una identidad. Los macedonios hacía tiempo que no existían, pero ahora dos estados contemporáneos se disputan su memoria. Y yo que creía que iba a ser fácil subir. Cuando planifiqué mi viaje, los tres vuelos semanales de Atenas a Skopje eran demasiado caros. Las opciones que me daba internet pasaban por tres autobuses diarios desde Tesalónica y un tren que subía hacia Serbia. Había pasado un año desde los acuerdos de Prespa, pero tampoco parecían haber cambiado mucho las cosas. Reservé mis vuelos a Tesalónica, el primero de la mañana y el último de la noche, para ir con tiempo. Cuando la fecha se acercó, escribí a la compañía de autobuses. Sorpresa. Sólo hay uno al día y no hay forma humana de llegar a tiempo en el primer vuelo de la mañana, o de volver a tiempo en el último de la noche. Ninguna empresa de alquiler de coches me permite cruzar la frontera. Acabo de perder dos vuelos y empezar una aventura.

Subir a Tesalónica es sencillo, pero no quería hacer noche, ya que el presupuesto es muy limitado. Elijo el autobús nocturno. Seis horas de madrugada. La mayoría de los autobuses griegos no pasaría la ITV en España. No quiero empezar a quejarme sobre todas las normativas que se incumplen allí a cada paso que das. Supongo que no les ponen multas porque tienen que pagar la deuda primero. Llego a Tesalónica al alba y con dos horas por delante antes de subirme al autobús para Skopje. Hay poco más de media hora andando hasta la estación. Desayuno y ando. Mientras espero en la estación me cuesta encontrar el sitio exacto en el que recoger los billetes, aunque está bastante claro. Simplemente he llegado demasiado pronto.

No somos más de diez personas esperando en la calle. De repente, llega una furgoneta. Uno de esos minibuses de Mercedes que tienen sitio para menos de veinte plazas. Ese es nuestro transporte. Salimos en hora, el conductor es un greco-macedonio, uno de esos eslavos cuya familia se quedó al sur de la frontera y tiene nacionalidad griega. La frontera no tiene apenas tráfico, pero tardamos casi una hora en cruzar. Le damos los pasaportes al conductor, el conductor va a la caseta, lo miran unos, lo miran otros, todo está en orden, estamos de paripé, llegamos a la zona franca. Allí, un pequeño supermercado gestionado por la misma empresa que gestiona el Duty Free del aeropuerto nos espera. La gente compra alcohol. No sé por qué, es más barato en Skopje. Vuelta a esperar para entrar, pienso que les podían haber llevado los pasaportes en esos veinte minutos de compras. Cuando por fin cruzamos, el pasaporte no tiene sellos. Paripé, puesta en escena política. Lo primero que uno se encuentra al cruzar la frontera son casinos. Lo segundo, Stobi, un yacimiento romano bastante interesante. Apenas lo puedo disfrutar por la ventanilla. El río Vardar sube hasta Skopje y es la ruta natural que sigue la carretera. Es seguramente el principal río de Macedonia del Norte y desemboca cerca de Tesalónica.

Cuando llego al hotel, en el centro de la capital, subo un par de fotos en redes sociales como hago siempre cuando viajo por el proyecto. Salgo a dar un paseo antes de reunirme con un amigo que me ha ayudado a organizar las reuniones allí. He desactivado el roaming, así que voy sin datos. Al volver al hotel me saltan las notificaciones. Gente que no conozco de nada está comentando de forma muy agresiva mi viaje a Skopje. Que si Macedonia no existe, que si Grecia tal, que Macedonia es Grecia… es como si tuviesen un radar para que cada vez que aparece la palabra Macedonia les saltara. De hecho, temo el día que esto se publique.

En el cartel turístico que hay en la plaza, una estatua monumental que claramente representa a Alejandro Magno tiene como título «guerrero a caballo» y me doy cuenta de que la presión griega de verdad está teniendo efecto. Las conversaciones que tengo por allí resultan interesantes. Cruzar fronteras te cambia la perspectiva de las cosas. Después de unos días tengo que cruzar de vuelta. Misma odisea. El conductor del autobús nocturno de vuelta a Atenas me pide que me cambie de autobús porque soy el único que va a mi parada. Al menos llego sano y salvo a casa. Pero cansado.

¡Macedonia es Grecia!

Fronteras II

Por lo general llego a los sitios en avión, por lo que cruzar fronteras suele ser un poco estándar. Pero me encanta ir por tierra y en algunos lugares me he aventurado a cruzar de una forma diferente. Fronteras es una serie de artículos sobre conflictos velados y no tan velados en algunos de mis viajes durante el desarrollo de #pubarchMED, mi proyecto actual. Os recomiendo leerlos con un mapa abierto en la pestaña de al lado.

En junio de 2018 Grecia y la Antigua República Yugoslava de Macedonia llegan a un acuerdo aparentemente histórico. Ahora, ARYM se pasará a llamar Macedonia del Norte y mientras se desbloquea su entrada en la OTAN y en la UE, cientos de granjeros griegos van a protestar con sus banderas a la frontera. «¡Macedonia es Grecia!» es un grito omnipresente en Atenas durante unos días. Manifestaciones de la ultraderecha en Syntagma y la embajada de Estados Unidos, disturbios. A unos metros de mi casa, la sede de Amanecer Dorado, el partido ultraderechista griego, está desbordada y exultante. Son pocos, pero hacen mucho ruido.

Las fronteras en esta zona no están nada claras. La Macedonia clásica, con Filipo y Alejandro como máximos iconos de la grandeza griega, o macedonia, según se mire, se extiende por un territorio difícilmente encorsetable hoy en día. La Macedonia revivida en el siglo XIX sigue siendo difusa, y hoy afectaría a cinco países y medio: Grecia, Albania, Macedonia del Norte, Bulgaria, Serbia y Kosovo. Esa identidad creció al margen de la propia identidad griega, pero en un contexto multicultural donde la presencia otomana y eslava habían acabado con cualquier tipo de pureza étnica. Durante el proceso de formación del estado griego moderno, la conquista de Macedonia y el Épiro en el primer tercio del siglo XX se convirtió en un elemento fundamental. No en vano, el Axio es uno de los principales graneros griegos desde la antigüedad. Hoy es fácil pasear por Édessa o Flórina y encontrarse con abuelas que hablan macedonio en vez de griego, familias divididas a ambos lados de la frontera y «nuevos» —del siglo XX— colonos emigrados desde las islas y el Peloponeso.

Lo complicado de los Balcanes viene de atrás, y este primer tercio del siglo XX, con cuatro grandes guerras en las que la naciente Grecia y el muriente Imperio otomano fueron actores principales, puso las bases para un conflicto que no se haría patente hasta el desmembramiento de Yugoslavia.

Todo por un nombre, por una identidad. Los macedonios hacía tiempo que no existían, pero ahora dos estados contemporáneos se disputan su memoria. Y yo que creía que iba a ser fácil subir. Cuando planifiqué mi viaje, los tres vuelos semanales de Atenas a Skopje eran demasiado caros. Las opciones que me daba internet pasaban por tres autobuses diarios desde Tesalónica y un tren que subía hacia Serbia. Había pasado un año desde los acuerdos de Prespa, pero tampoco parecían haber cambiado mucho las cosas. Reservé mis vuelos a Tesalónica, el primero de la mañana y el último de la noche, para ir con tiempo. Cuando la fecha se acercó, escribí a la compañía de autobuses. Sorpresa. Sólo hay uno al día y no hay forma humana de llegar a tiempo en el primer vuelo de la mañana, o de volver a tiempo en el último de la noche. Ninguna empresa de alquiler de coches me permite cruzar la frontera. Acabo de perder dos vuelos y empezar una aventura.

Subir a Tesalónica es sencillo, pero no quería hacer noche, ya que el presupuesto es muy limitado. Elijo el autobús nocturno. Seis horas de madrugada. La mayoría de los autobuses griegos no pasaría la ITV en España. No quiero empezar a quejarme sobre todas las normativas que se incumplen allí a cada paso que das. Supongo que no les ponen multas porque tienen que pagar la deuda primero. Llego a Tesalónica al alba y con dos horas por delante antes de subirme al autobús para Skopje. Hay poco más de media hora andando hasta la estación. Desayuno y ando. Mientras espero en la estación me cuesta encontrar el sitio exacto en el que recoger los billetes, aunque está bastante claro. Simplemente he llegado demasiado pronto.

No somos más de diez personas esperando en la calle. De repente, llega una furgoneta. Uno de esos minibuses de Mercedes que tienen sitio para menos de veinte plazas. Ese es nuestro transporte. Salimos en hora, el conductor es un greco-macedonio, uno de esos eslavos cuya familia se quedó al sur de la frontera y tiene nacionalidad griega. La frontera no tiene apenas tráfico, pero tardamos casi una hora en cruzar. Le damos los pasaportes al conductor, el conductor va a la caseta, lo miran unos, lo miran otros, todo está en orden, estamos de paripé, llegamos a la zona franca. Allí, un pequeño supermercado gestionado por la misma empresa que gestiona el Duty Free del aeropuerto nos espera. La gente compra alcohol. No sé por qué, es más barato en Skopje. Vuelta a esperar para entrar, pienso que les podían haber llevado los pasaportes en esos veinte minutos de compras. Cuando por fin cruzamos, el pasaporte no tiene sellos. Paripé, puesta en escena política. Lo primero que uno se encuentra al cruzar la frontera son casinos. Lo segundo, Stobi, un yacimiento romano bastante interesante. Apenas lo puedo disfrutar por la ventanilla. El río Vardar sube hasta Skopje y es la ruta natural que sigue la carretera. Es seguramente el principal río de Macedonia del Norte y desemboca cerca de Tesalónica.

Cuando llego al hotel, en el centro de la capital, subo un par de fotos en redes sociales como hago siempre cuando viajo por el proyecto. Salgo a dar un paseo antes de reunirme con un amigo que me ha ayudado a organizar las reuniones allí. He desactivado el roaming, así que voy sin datos. Al volver al hotel me saltan las notificaciones. Gente que no conozco de nada está comentando de forma muy agresiva mi viaje a Skopje. Que si Macedonia no existe, que si Grecia tal, que Macedonia es Grecia… es como si tuviesen un radar para que cada vez que aparece la palabra Macedonia les saltara. De hecho, temo el día que esto se publique.

En el cartel turístico que hay en la plaza, una estatua monumental que claramente representa a Alejandro Magno tiene como título «guerrero a caballo» y me doy cuenta de que la presión griega de verdad está teniendo efecto. Las conversaciones que tengo por allí resultan interesantes. Cruzar fronteras te cambia la perspectiva de las cosas. Después de unos días tengo que cruzar de vuelta. Misma odisea. El conductor del autobús nocturno de vuelta a Atenas me pide que me cambie de autobús porque soy el único que va a mi parada. Al menos llego sano y salvo a casa. Pero cansado.