El Incipit es, por muchas razones, un centro tremendamente atractivo para cualquier investigador ocupado en el estudio de las culturas, las sociedades y las historias de los grupos humanos. En mi caso, conjugaba tres factores que lo convertían en una plataforma inmejorable para desarrollar un plan de trabajo postdoctoral con el cual pretendía «llevarme al campo» algunas de las conclusiones alcanzadas en una fase de formación anterior eminentemente teórica. En primer lugar y por supuesto, la afinidad entre esas conclusiones y algunas de las líneas interpretativas defendidas por otros compañeros del centro; la implementación tan cotidiana como vanguardista de las tecnologías geoespaciales en Arqueología, en segundo lugar; y por último, una marcada proyección internacional que lo había llevado, entre otros muchos sitios, a mantener una presencia activa en América del Sur. Aquí se ubicaba, de hecho, el campo al que me refería con «llevarme al campo»; pero dejando por esta vez al margen esas casualidades personales que también –y tan bien– explican la producción académica, conviene quizá volver sobre aquellas conclusiones iniciales.Dicho de una manera inevitablemente burda, si las propias circunstancias de mi investigación doctoral la habían ido enfocando hacia la reflexión sobre los fundamentos del tejido social humano con la intención de aportar instrumentos de análisis lo más transversales posible a los diferentes contextos arqueológicos, el resultado había sido un desenfoque progresivo de las grandes clasificaciones de nuestras sociedades en tipologías, sustituidas más bien por una especie de «microfísica» de lógicas operativas y situaciones. La idea de fondo era de lo más sencilla: dado que la única verdad incuestionable es que todos los humanos somos miembros de la misma especie, puede que a lo largo de la historia hubiéramos estado haciendo cosas diferentes por las mismas razones.Empezar a pensar desde este punto tendría la ventaja de permitir componer explicaciones en principio más parsimoniosas, lo que ha constituido tradicionalmente un argumento importante a la hora de distinguir la oportunidad de tales o cuales saberes en el proceso de conocer. Sin embargo, en esta ocasión no quisiera enredarme en hasta qué punto y por qué puede que estemos olvidando con demasiada frecuencia esos principios y procesos del conocimiento en nuestras disciplinas; o en por qué es tan urgente, como escribió alguna vez un añorado David Graeber, recomponer las respuestas a unas «grandes preguntas» que de lo contrario seguirá contestando para la mayoría el sentido común de hace –en el mejor de los casos– tres o cuatro décadas. El caso es que entre todos estos cuestionamientos aparecía uno especialmente sugerente para aproximarse al asunto de los cambios en la organización política de las sociedades humanas: ¿y si los constantes problemas de las teorías evolucionistas tienen que ver precisamente con la reproducción consciente o inconsciente de la dicotomía «nosotros-los otros»? Cada uno en un extremo de secuencias más o menos abultadas. Negándose mutuamente. O dicho de otro modo, por ir a lo concreto: ¿y si, de la misma manera que nunca existió ninguna sociedad que practicara el trueque tal como imaginó el liberalismo, sino que forma parte de la mitología moderna que explica nuestra Economía, nunca hubiera existido la «igualdad primitiva» tal como solemos concebirla, sino que fuera un reflejo de nuestras propias desigualdades?A fin de cuentas, de un lado la literatura etnográfica está llena de jefes, distinciones e incluso jerarquías que lo que ponen de manifiesto en todo caso es la incomprensión de sus lógicas en los proyectos y en las proyecciones estatales en que se les pretendía hacer encajar. Del otro lado, además, si en algo han incidido los últimos giros de la teoría antropológica es precisamente –y lo es precisamente a través de la experiencia sudamericana– en el papel de la identidad como problemática básica en las sociedades de nuestra especie; antes incluso que esa Economía, lo que tiene bastante sentido teniendo en cuenta aquello de ser animales que viven insertos en tramas de significación y necesitan, por tanto, identificar el resto de agencias –humanas o no; empíricas o no– que los rodean para orientar sus relaciones y conductas individuales. Y sucede que en el punto en que se cruzan estas dos ideas, esas mismas etnografías llenas de jefes paradójicos e incomprendidas igualdades salvajes descubren universos sociales infinitamente ricos, y lógicas políticas de una sutileza que, pese a poder estar practicando de hecho también aquí o allá, nos cuesta distinguir sistemáticamente en nuestros discursos. Así que, tomándose en serio a «los otros», y puede que a nosotros mismos, y puestos a intentar explicarnos de nuevo en el marco de una evolución histórica que nada tiene que ver entonces con el progreso o la providencia sino –como en la biología– con una serie de accidentes y adaptaciones, quedaba una tercera pregunta por hacer: ¿hasta qué punto son las llamadas «sociedades igualitarias» menos complejas que las llamadas «sociedades complejas»?Esta última pregunta es la que encabezaba el proyecto ComplexEquals, en el que participamos diversos miembros del Incipit junto a otros compañeros de la Universitat d’Alacant y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la República Argentina; y con el cual, gracias a una ayuda del programa Proyectos Intramurales Especiales para Arqueología en el Exterior del CSIC (Ref. PIAR_2021-07), pudimos –¡por fin!– «volver al campo» a finales del año pasado. El lugar en cuestión, el valle de La Ciénega, proporciona un punto de vista verdaderamente privilegiado para abordar estos interrogantes. Ubicado en los contrafuertes orientales de los Andes, a 2700 msnm entre la selva tucumana y los valles más áridos que conducen a la puna, La Ciénega ha permanecido al margen de las profundas transformaciones antrópicas de los últimos siglos. No es accesible más que a pie o en montura; y apenas lo habitan un puñado de familias desde que se tiene memoria. Sin embargo, sus extensos pastizales aparecen absolutamente cuajados de ruinas pertenecientes a una de las primeras tradiciones culturales agropastoriles de la región, datada en otros lugares entre 250aC-850dC. Por un lado, estas sociedades –que en Europa llamaríamos «neolíticas»– enfrentaron y son el resultado de cambios tan importantes como un crecimiento demográfico sin precedentes, pero al contrario que las del registro etnográfico con que se suelen comparar, tenemos la absoluta certeza de que no sufrieron interferencias estatistas en sus procesos de adaptación. Por el otro, la extraordinaria conservación de este paisaje arqueológico abre la puerta a una interpretación más completa de las «ideas de orden» a través de las cuales organizaron su vida en común, teniendo en cuenta que, para nosotros los humanos, habitar un espacio es también ocuparlo en –y con– nuestra imaginación.Por el momento, además de excavar un contexto doméstico y comenzar a sondear uno de los pocos montículos asociados a esta tradición cultural que se conocen, esta campaña de trabajo de campo ha permitido topografiar más de dos mil estructuras que ahora integran un detallado modelo digital del valle. Todavía queda mucho trabajo por hacer; y lo que va a ocuparse es, desde luego, nuestro tiempo; pero merecerá la pena si los resultados de La Ciénega nos permiten entender mejor las complejidades de la igualdad, desde el punto de vista de sus protagonistas.