Una autohistoria del INCIPIT (4)

El puente al CSIC y la difícil estabilización: LAr-LPPP (2002-2007)

David Barreiro
20/06/2022

En 2000, Felipe Criado consiguió una plaza de Profesor de Investigación en el CSIC, que se adscribió al Instituto de Estudios Gallegos Padre Sarmiento (IEGPS), con sede (desde 2001, y de momento) en un edificio propiedad de la Xunta de Galicia, muy cerca de la ciudad histórica, en el barrio de San Roque. La historia del IEGPS reproduce la del CSIC, un organismo creado en 1939 para asentar la política científica del franquismo, tras ser suprimida la Junta para Ampliación de Estudios. En este caso, el IEGPS, fundado en 1944, reemplazó al Seminario de Estudios Galegos, formado por un grupo de intelectuales galleguistas de la primera mitad del siglo XX, que habían realizado una gran labor de recuperación del patrimonio cultural de Galicia.

La adscripción al IEGPS se singularizó mediante la creación de una línea de investigación propia dentro del instituto: el Laboratorio de Arqueoloxía da Paisaxe (LAr), dirigido por Felipe, que convivía con el Grupo de Historia y Patrimonio, dirigido por el también director del IEGPS, Eduardo Pardo de Guevara. Se adecuó un buen y relativamente amplio espacio de trabajo (en comparación con el tanatorio de Monte da Condesa) en el ala sur de los bajos del edificio, en el que se acondicionó el despacho para la dirección, que sobrevolaba los restos arqueológicos del antiguo lazareto, y se habilitaron una zona de despachos colectivos y un pequeño laboratorio de tratamiento de materiales y muestras.



Al mismo tiempo, el LAFC, que perduraba en la Universidad de Santiago, suscribió, en 2001, un convenio de colaboración con dos grupos de investigación universitarios, para que formaran una unidad asociada al CSIC, dirigida por un profesor de Historia Antigua de la USC, Marco V. García Quintela, colaborador del grupo desde hacía unos años. Marco era, además, director de uno de los grupos, que estaba orientado a la historia antigua y medieval, así como a la antropología histórica, contando con Javier González y Álvaro Arizaga. El otro grupo de investigación era GEMAP (Grupo de Estudios Medioambientales y del Paleoambiente), dirigido por Antonio Martínez Cortizas, orientado a edafología y paleoambiente, que contaba con Manuela Costa, Xavier Pontevedra, Cruz Ferro y Joeri Kaal.

En 2003, en este contexto de asociación, la parte universitaria (el LAFC) se transformó en Laboratorio de Patrimonio, Paleoambiente e Paisaxe (LPPP). La Unidad Asociada LAr-LPPP permitió, durante bastantes años, mantener la unidad de acción de tres grupos que radicaban en dos organismos distintos. También dio más opciones de liderar proyectos de investigación, al tiempo que aumentó la masa crítica del grupo, al incorporar a investigadores de especialidades diferentes y complementarias a la arqueología del paisaje, como antropología, historia, edafología o palinología, tanto doctores como predoctorales, que tendrían una relación más o menos duradera con el grupo.

En medio de esta transición paulatina y de la asociación CSIC-USC, o como parte de ella, tuvo lugar un proceso de estabilización profesional que se desarrolló en el marco de la reivindicación, a nivel estatal, del movimiento de investigadores precarios (la Federación de Jóvenes Investigadores Precarios se había constituido en 2000). Éste reclamaba condiciones laborales más dignas, y posibilitó, años más tarde (andado el gobierno de Rodríguez Zapatero), que mejorasen algo estas condiciones, limitándose el recurso a las becas a los primeros años de la carrera investigadora, los de formación, para después profesionalizar la misma y fomentar (con éxito relativo) la estabilización del personal científico-técnico (una lucha que no ha cejado hasta nuestros días, al calor de la tramitación parlamentaria de la próxima Ley de la Ciencia). Pero, en el seno del LAr-LPPP, este proceso de reivindicación y de progresiva, pero lenta, estabilización, se había iniciado antes.



Por un lado, algunas plazas en el CSIC contribuyeron a garantizar la continuidad de una pequeña parte de la plantilla, liberando recursos propios para otras personas: la primera fue la de científico titular de César Parcero. Después vinieron una de ayudante de investigación (Anxo Rodríguez) y dos de técnico de grado medio (Pastor Fábrega y yo).

Otra opción de (relativa) estabilización eran los contratos laborales con cargo a proyectos vigentes, que se utilizaban, sobre todo, para seleccionar al personal técnico y de gestión, distribuido entre la Unidad Técnica (que agrupaba al personal de administración, archivos, administración de redes, gestión de información, delineación y topografía), la Unidad de Servicios Arqueológicos (que realizaba labores de prospección, intervención, puesta en valor y tratamiento de materiales) y la Unidad de Formación y Difusión. Aunque algunas personas contratadas siguieron sus respectivas investigaciones, compaginando éstas con el desempeño de sus funciones técnicas, frecuentemente con grandes sacrificios personales, otras (tanto formadas dentro, como incorporadas ex profeso) desempeñaban exclusivamente un rol técnico, postergando la carrera científica, o abandonándola de forma definitiva.

Al mismo tiempo, se fueron incorporando personas que iniciaban su carrera, orientándola a la investigación académica (Alejandro Güimil, Cristina Mato, Eva Parga, João Fonte, Åsa Fredell) o al servicio técnico y administrativo (Martina González, Alberto Rodríguez, Elena Taboada, Eloy Fernández, Darío Peña, Marco Antonio Rivas, Iván Suárez, Miguel Grueiro).

A pesar de las perspectivas de estabilización personal y de crecimiento del LAr-LPPP, algunas personas, con peso y trayectoria en el grupo, ya habían decidido buscar opciones fuera. En algunos casos aprovecharon ofertas provenientes de otras instituciones o del ámbito privado (César González, Victoria Villoch, Suso Amado, Pilar Prieto, Roberto Gómez) y en otros optaron por salir y buscar alternativas (Elena Lima, Isabel Cobas, Mar López, Mar Cortegoso…). En este período se incrementó la movilidad: en el grupo salían y entraban personas a un ritmo mayor que en la etapa de consolidación, y algunos vínculos fueron de unos pocos años.

El grueso del trabajo técnico y administrativo residía en el Tana (Monte da Condesa), mientras las personas más vinculadas a proyectos de investigación básica, incluyendo el director del LAr, y buena parte del personal predoctoral, habían sido trasladadas a la sede de San Roque. La división del grupo provocó cierta sensación de segregación entre investigadores y técnicos/gestores, a pesar de que abundaban las ocasiones de colaboración, y de que no todas las personas que estaban en San Roque eran solo investigadoras, ni las que estaban en Monte da Condesa eran técnicas o administrativas en exclusiva. Eso sí, la querida señora Mercedes, que limpiaba a diario el local y nos llenaba de cariño y tortillas monumentales (los viernes), siguió en el Tana.

Esta separación supuso un hándicap para la sociabilidad, aunque proporcionó un criterio bastante objetivo para organizar las competiciones internas: por ejemplo, la pachanga de fútbol de todos los veranos. La división se mantendría hasta 2013, ya en vida del INCIPIT, cuando las personas en San Roque volvieron al Tana, como veremos en próximos capítulos. A pesar de la separación, se realizaron algunos desplazamientos masivos a ciertos eventos, como el congreso de la EAA celebrado en Lyon en 2004 (también hubo delegaciones, menos populosas, a Cork, San Petersburgo o Cracovia), y seguían teniendo lugar los periódicos rituales de agregación: los torneos de futbolín y la cena de navidad, así como las churrascadas antes del verano…



En cuanto a la actividad del grupo, la arqueología preventiva había perdido peso relativo, pues las condiciones de contexto habían cambiado sensiblemente: primero, porque estaba finalizando el período de grandes obras de infraestructura, mientras había crecido el número de empresas de arqueología que competían por el mismo nicho de mercado. Además, el poder tener más personal financiado con becas y contratos de convocatoria pública permitía iniciar sublíneas de investigación básica independientes de la prestación de servicios. Pero seguíamos trabajando, desde la USArq, en todo tipo de obras (ramales del gasoducto, parques eólicos, líneas eléctricas, granjas, líneas férreas…)

El más sonado de los proyectos de arqueología preventiva en los que participó el LAr-LPPP por esos años fue el Corredor de la península de O Morrazo, de cuyo seguimiento fue responsable, pero en el que se ensayó un esquema de colaboración entre éste y las empresas. Es una zona arqueológicamente muy rica, por lo que una carretera de no más de treinta kilómetros afectaba a un número considerable de sitios, lo que condujo a que, en el caluroso verano de 2003, allí hubiese varios equipos de excavación (empresas de arqueología, y también personal del laboratorio) simultáneamente, más o menos coordinadas por el LAr-LPPP. Fue un trabajo que se plasmó en una publicación (TAPA 35), una exposición itinerante por O Morrazo y un ciclo de charlas de divulgación.



Pero el nuevo escenario permitió abrir proyectos de investigación arqueológica más allá de la arqueología preventiva, sobre todo en arte rupestre (conjugando las experiencias de Manuel Santos y Yolanda Seoane, en Galicia, y Andrés Troncoso, en Chile, que cristalizaron en dos brillantes tesis en los años subsiguientes), así como en análisis territorial (César Parcero) y cultura material (Pilar Prieto).

En estos años eclosionó también la arqueología del espacio construido, un campo de actuación que se mantuvo constante en el tiempo merced al trabajo de Rebeca Blanco, Xurxo Ayán, Camila Gianotti (cuyas tres monumentales tesis tardaron en ver la luz), Sonia García, Patricia Mañana y Cristina Mato, fundamentalmente. Supuso un programa específico dentro de la arqueología del paisaje, debido a que ponía el foco en la configuración interna de los lugares que conforman el paisaje, en la arquitectura como construcción social que reproduce una forma de pensar y estar en el mundo; y era la forma de incursionar, puntualmente, en la arqueología urbana. Además, pasó a ser una de las líneas de investigación pujantes del grupo al tiempo que abrió una nueva línea de investigación aplicada y de prestación de servicios.

También Paula Ballesteros, en conjunción con el grupo de paleoambiente, desarrolló una pujante investigación en arqueología rural que, por otra parte, se había iniciado ya en 1996, a raíz de documentar cortes en suelos artificiales de terrazas, generados por las trincheras del gasoducto, y había continuado con el trabajo en el Monte Gaiás.

Y fueron los años en que se consolidó y diversificó el modelo de arqueología en comunidad que había nacido en Castrolandín, mediante proyectos como los que se desarrollaron en los castros de Neixón (Boiro) o en Yaguarí (Uruguay) y mediante la actividad transversal de la unidad de formación y difusión (primero con Mar Bóveda, y después con Martina González). Cada vez se hacían, además, más proyectos de puesta en valor (señalizaciones, rutas, visitas, actividades con jóvenes...), incluyendo el diseño y montaje de una exposición sobre paisajes arqueológicos que sintetizaba la experiencia del grupo hasta ese momento, tanto a nivel nacional como internacional.

La internacionalización del INCIPIT había empezado por la colaboración con los proyectos en Uruguay y Chile, pero, en 2007, Xurxo Ayán fue invitado a participar en las campañas arqueológicas de la Universidad Complutense en Etiopía, que habían sido impulsadas por Víctor M. Fernández y que ahora ejecutaba Alfredo González Ruibal, abriéndose una nueva ventana al mundo, que tendría en el grupo efectos notorios a largo plazo.

Pero la arqueología del paisaje ya no era la única estrategia de investigación, sino que había todo un campo, que en su momento denominamos Arqueología y Sociedad, que pretendía hacer de la socialización de la práctica arqueológica el eje de la investigación, haciendo investigación aplicada para salvar las dicotomías entre arqueología de gestión y de investigación (mi tesis es de 2005), desarrollando metodologías de gestión (Elena Cabrejas, María Cacheda) e iniciando además una línea de estudio sociológico de la arqueología como sector profesional (Rocío Varela, Eva Parga). Este último nos condujo a participar, a partir de 2007, en un proyecto de cooperación europeo (Archaeology in Contemporary Europe), liderado por el INRAP, abriéndonos también la posibilidad de futuras colaboraciones con colegas más allá de la investigación básica e histórica.



La concepción integral de la gestión del patrimonio, aunando investigación básica, aplicada, formación, transferencia y difusión a través de la Cadena de Valor, condujo a la transdisciplinariedad, la diversificación y la apertura del trabajo con el patrimonio cultural, lo que se traducirá, en 2008, en una reorientación de la estrategia, que conllevará una nueva identidad, pero también se verá muy condicionada por el contexto global...

(Continuará…)