En 2008, varios acontecimientos marcarían positivamente el devenir del grupo, pero, al mismo tiempo, el estallido de la crisis financiera en Wall Street proyectaba una creciente sombra que nos acabaría alcanzando, como a tanta otra gente.En primer lugar, entre 2008 y 2009 se incorporaron, como científicos titulares, César González (retornado, como investigador en tecnologías semánticas del patrimonio), Cristina Sánchez (antropóloga, especialista en procesos de patrimonialización) y Alfredo G. Ruibal (arqueólogo gallego, formado en Madrid). En total, éramos ocho personas funcionarias en el grupo de investigación (cuatro de ellas científicas titulares, más un profesor de investigación). A esto se añadió la incorporación de nuevo personal doctor, que aumentó las capacidades de liderazgo de proyectos y la diversidad disciplinar: Xosé-Lois Armada en 2008 y Elías López-Romero en 2009, que se sumaron a Manuela Costa (Nue).En segundo lugar, este crecimiento y diversificación exigían un proceso de renovación que implicó la definición de una línea de investigación única, pero plural (estudios interdisciplinares en patrimonio cultural), integrada en el IEGPS. Atrás quedaba la hegemonía de la arqueología del paisaje (aunque seguía siendo la disciplina mayoritaria), dándose paso a una actividad que giraba en torno al concepto de patrimonio cultural.En tercer lugar, la ampliación y renovación conllevaron un cambio identitario y organizativo: se creó el Laboratorio de Patrimonio (cuyo acrónimo era LaPa) y se puso en marcha un proceso de reorganización evaluado externamente por expertos de renombre internacional (Charles Heckscher, Alberto Corsín-Jiménez y Carlos Martín-Ríos). Este proceso fue largo y complejo, implicando una intensa labor de diseño organizacional en el que se definieron las entidades organizativas (especialidades, servicios horizontales, órganos de gobierno) y su articulación mediante una matriz equilibrada entre la estructura y la dinámica (los proyectos de investigación, las actividades y la propia vida del centro). Mientras tanto, la Unidad Asociada LPPP mantenía su rumbo, con proyectos en común, y con personal vinculado a la misma.Todo esto se relacionaba, en cuarto lugar, con la obtención de una cuantiosa financiación para el Programa de Investigación en Tecnologías para la Conservación y Revalorización del Patrimonio Cultural (CSD-TCP), liderado por el IEGPS (desde el LaPa), que aglutinó a numerosos institutos y grupos de investigación del CSIC, universidades y empresas, en torno a la investigación integral en patrimonio cultural. Este programa, que se había presentado a la convocatoria del programa CONSOLIDER-INGENIO 2010, que el Ministerio de Ciencia e Innovación del gobierno de Rodríguez Zapatero había lanzado hacia el final de su legislatura como una herramienta para impulsar la política científica y tecnológica, tuvo una vigencia de cinco años (de 2008 a 2012) y permitió consolidar al grupo (y al IEGPS) como un centro CSIC de referencia en materia de patrimonio cultural. El CSD-TCP era un conglomerado de recursos humanos y técnicos orientados a la aplicación de medios tecnológicos avanzados para la gestión patrimonial. Permitió renovar la flota de vehículos (se cambiaron los Terrano por dos Toyota, una Peugeot y una ranchera Ford) y se adquirieron equipamientos como escáner 3D (con el que Patricia Mañana trabajaría en muchos sitios) y estaciones totales robotizadas de última generación. También se pudo mantener a buena parte del personal de la Unidad de Servicios Arqueológicos y de la Unidad Técnica, incluyendo la incorporación de una nueva responsable del servicio de sistemas de información, una crack llamada Eva Hernández.Atrás quedaban los tiempos de las becas de colaboración: el laboratorio se había profesionalizado, aunque mantenía su espíritu de grupo unido, solidario y bien avenido (salvo raras excepciones). La cena de navidad de 2011 reflejaba este espíritu.
Y es que al grupo se incorporaron, además, entre 2008 y 2011, algunas personas investigadoras en fase predoctoral, lo que contribuyó a ampliar el espectro de ámbitos geográficos e inquietudes de investigación, y a renovar la vida social: Cecilia dal Zovo, Lucía Moragón, José María Señorán, Guadalupe Jiménez y Patricia Martín. También en estos años se iniciaron en la investigación, a través del programa JAE, gente como Noemí Silva, Mariña Bermúdez y Félix González, y al LaPa vinieron también, como becarios de la AECID, investigadores sudamericanos, como Juan Martín Dabezies (Tincho), Wajari Velásquez y Gonzalo Company, y etíopes, como Worku Derara.Mientras tanto, aunque se seguían realizando algunos proyectos de arqueología preventiva, el trabajo se reorientó hacia la rentabilización de resultados (publicaciones, exposición de paisajes culturales), y hacia proyectos de sitio, como la musealización accesible de los castros de A Lanzada y Besomaño, que todavía pude coordinar desde la Unidad de Servicios Arqueológicos, antes de aprovechar una oportunidad, a finales de 2012, para iniciarme en los estudios de patrimonio y en las relaciones entre paisaje y memoria, en un contexto personal difícil, pero propicio para ello.
También se mantenían proyectos de arqueología social, como Castrolandín, de arqueología de la arquitectura, de arqueología contemporánea (con énfasis en la guerra civil), de arqueo-metalurgia, paleoambiente y arqueo-etnografía.Y continuaron otros proyectos arqueológicos en el exterior. En Uruguay, en 2008 se inició un proyecto para el Desarrollo de una Unidad de Análisis Territorial para la Gestión del Patrimonio Cultural, en el que participaba el LaPa, y que daría lugar a la creación del Laboratorio del Arqueología del Paisaje y Patrimonio del Uruguay (LAPPU), en 2011, que lideraría Camila Gianotti en su regreso al país. Se inició, en el desierto de Atacama, un período de intensa colaboración con investigadores chilenos (por ejemplo, el retornado Andrés Troncoso), liderada desde el LaPa por César Parcero y Pastor Fábrega.
En África, a las etiópicas de Alfredo G. Ruibal (ahora en el LaPa) y Xurxo Ayán se añadieron trabajos en Guinea Ecuatorial. La investigación predoctoral de Cecilia Dal Zovo se focalizó en el entorno de las montañas del Ikh Bogd Uulde (Altai orientales, Mongolia), lo que implicó el viaje del LaPa a un nuevo continente.Y también crecieron las investigaciones vinculadas a las nuevas especialidades, más allá de la arqueología. En antropología, con novedosos trabajos sobre la patrimonialización y sus conflictos en el Camiño de Fisterra, así como proyectos relativos a nuevos patrimonios, patrimonio inmaterial y patrimonios conflictivos e indeseados, contando ahora con la investigación predoctoral de Lupe Jiménez y su crítica feminista del proceso de patrimonialización de la artesanía textil del encaje de Camariñas, así como su colaboración en proyectos de arqueología comunitaria.
En tecnologías semánticas, con proyectos de modelado conceptual como MIRFOL, Metodología Integral para la Representación Formal del Patrimonio Cultural, y con una fuerte presencia en el proceso de reorganización y transformación del LaPa. También la especialidad de tecnologías geoespaciales, aunque más ligada a la arqueología, lideraba proyectos como SPATRIAL (Definición de un modelo para la representación de aspectos espaciales del Patrimonio Cultural) y participaba en grandes proyectos de ámbito europeo como ArchaeoLandscapes Project, con varios socios con los que también colaborábamos en el Proyecto ACE, que finalizaría en 2012, pero tendría continuidad en un nuevo proyecto.En resumen, este lustro fue decisivo, porque se produjo la metamorfosis que consagraba la diversificación y complejización del laboratorio. La arqueología pasó a ser una más de las especialidades del LaPa, y el paisaje se diluyó y diversificó (no se desvaneció) entre distintos proyectos y actividades (paradójicamente, el año en que Galicia aprobaba su Ley de Protección del Paisaje).La mayor especialización se puso de manifiesto, por ejemplo, en las actividades formativas, como los cursos promovidos por nosotros (en tecnologías semánticas, geoespaciales o en antropología, en contraste con los cursos de gestión integral del patrimonio que se habían celebrado años atrás), en la participación por separado en los cursos de alta especialización coordinados en el marco del programa CSD-TCP, o incluso en las (todavía) llamadas Tanaxornadas, la reunión anual que nos permitía estar al tanto de los trabajos de las demás personas del grupo. Cada especialidad tenía sus propios eventos de agregación, pero, en ellos, el grupo se dejaba sentir igualmente, pese a la inestabilidad identitaria, que estaba a punto de adquirir su marca actual.Y es que el crecimiento reforzaba la aspiración de convertirnos en centro independiente, una vía que se había abierto en 2006, con la firma de un convenio entre Xunta de Galicia y Ministerio de Ciencia para la creación de varios centros de investigación de referencia. Esta iniciativa conjunta acabaría frustrándose, pero los trabajos de prediseño de uno de estos centros, enfocado al patrimonio cultural, no caerían en saco roto. Y es que, en 2010, el LaPa del IEGPS se transformó en Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit). El acrónimo fue objeto de intensos debates, y se descartaron otras opciones que resultaban demasiado chocantes, incluso para ser reproducidas aquí. En los años siguientes, el Incipit (vamos a usar las minúsculas para referirnos a la fase de formación) tendría que demostrar que cumplía con los requisitos exigidos para ser instituto consolidado, o desaparecer. Las perspectivas de crecimiento eran optimistas: los planes estratégicos de los institutos son evaluados por un comité internacional independiente, y el Incipit recibió las máximas calificaciones. Debido a ello, el CSIC decidió reforzarlo con una asignación de plazas de perfil científico, técnico y administrativo (se preveían numerosas plazas nuevas durante los 4 años de vigencia de ese plan estratégico).Por lo tanto, teníamos un plan, y había gente para ejecutarlo (y más gente en camino), pero ahora la cuestión clave era la sede: aunque teníamos identidad propia, el grupo seguía ocupando parte del espacio del IEGPS, así como las dependencias de Monte da Condesa, en el campus sur de la USC. Por ello, en estos años, el CSIC adquirió una finca en la zona de Brañas de Sar y proyectó la construcción de una sede de nueva planta. El proyecto fue trabajado a conciencia entre algunos miembros del grupo y el estudio de arquitectos Pesquera Ulargui, que resultó ganador del concurso en 2011 (foto: Concello de Santiago).
De modo que, en 2012, cuando todo parecía encarrilado, tras un largo periplo existencial e identitario. Cuando había un instituto con gran proyección, con un plan estratégico innovador y ambicioso, y con un proyecto de sede adecuado a sus expectativas, entonces fue cuando varios factores relacionados con la crisis confluyeron, y el flamante Incipit se asomó al abismo.Para empezar, en 2012 finalizaba el vínculo de los doctores contratados, pero no llegaron fórmulas de consolidar su incorporación, como estaba previsto. Ni doctores nuevos. Además, en 2011 se leyó la tesis de Cruz Ferro, y en 2012 la de Xurxo Ayán, lo que también les permitió abandonar el Incipit para iniciar su carrera posdoctoral en otros lugares.Pero lo más grave es que no se crearon las plazas prometidas (ni de investigación ni de gestión). Y finalizó la vigencia del programa TCP, uno de cuyos resultados había sido visibilizar y viabilizar la necesidad de un Instituto de Ciencias del Patrimonio. Una parte del personal, que llevaba bastantes años en el instituto (desde el 2000, o incluso desde antes), no pudo ser renovada (alguna gente incluso había acabado antes), tanto personal técnico (Roberto Aboal, Patricia Mañana, Virginia Castro, Cristina Cancela, Yolanda Seoane, Martina González, Sonia García) como de administración (Sofía Quiroga, Teresa Neo, Estíbaliz García –adscrita al LPPP-), que era decisivo para mantener una gestión eficaz. La dedicación de parte del personal a tareas de administración era importante porque el CSIC no facilitaba (ni facilita) la contratación de personal estructural, pero, a diferencia de otros institutos de Santiago, con los que el Incipit compartía una gerencia única, nosotros no teníamos personal funcionario de gestión.Por si fuera poco, la crisis nos dio otra puñalada: el proyecto de construcción de la nueva sede en Brañas de Sar era inasumible, y quedó en vía muerta. Por suerte, todavía podíamos seguir usando el espacio del IEGPS de San Roque, aunque esto era una solución provisional que, a la larga, dejaría de ser viable: tendremos que buscar alternativas…(Continuará…)