Una autohistoria del INCIPIT (1)

En el principio, un proyecto de investigación en Arqueología del Paisaje (1987 – 1991)

David Barreiro

04/05/2022

En abril de 2022, el Instituto de Ciencias del Patrimonio (INCIPIT) se traslada a una sede propia, en el Edificio Fontán, en la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela. Esto simboliza la culminación del largo periplo de un equipo humano por diversos espacios, cedidos por otras instituciones, o por otros institutos del CSIC. Esta trayectoria ha ido acompañada de mutaciones identitarias diversas en el propio grupo, de manera que ciertos elementos (personas, recursos, símbolos) han permanecido en el tiempo, pero otros muchos han ido transformándose, sucediéndose unos a otros. Si la identidad es memoria, cualquier caracterización de una entidad concreta y compleja (un grupo de investigación, con todo lo que implica) tiene que fundamentarse en una memoria de su devenir.

Iniciamos aquí una serie de piezas escritas desde la perspectiva personal de un veterano miembro del INCIPIT, en beneficio de las personas que se han ido incorporando al grupo a lo largo del tiempo, de aquellas que un día formaron parte de él y, en general, de todas aquellas personas que puedan estar interesadas en la historia del mismo, que es parte de la historia de la arqueología, la ciencia y el patrimonio de los últimos 35 años.

Para esbozar este devenir histórico seguiremos una línea autobiográfica, porque la hago yo, que soy miembro desde hace más de 25 años, desde mis propias vivencias, y autohistórica, porque lo hago desde este mismo lugar cuya historia me dispongo a relatar.

Cuando estaba a punto de finalizar mi primer curso de universidad, en la facultad de Xeografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), me apunté a una campaña arqueológica de verano. Era 1990. Ese primer curso había tenido una asignatura llamada Prehistoria y Arqueología. La había impartido José Manuel Vázquez Varela, llamado “Coco”, quien, empezando el curso, nos había recomendado inspeccionar las papeleras de Santiago para rastrear la sociología de la ciudad a través de sus desechos. Mirado en retrospectiva, si él no hubiese sido muy buen profesor, es muy probable que yo no estuviese aquí. Porque, como me había gustado la materia, decidí apuntarme a una campaña.

Creo que había varios anuncios, pero a mí me llamó la atención uno que decía “Arqueología del Paisaje”. Se nos citaba un día de la primavera de 1990, en un aula de la facultad, para explicarnos el proyecto “Arqueología del paisaje: el área Bocelo-Furelos entre los tiempos paleolíticos y medievales”, que consistía en “A primeira investigación integral de acción territorial e carácter diacrónico que se desenvolve en Galicia”, como dijo el entonces Director Xeral de Patrimonio de Galicia, en la introducción a la memoria del proyecto. El proyecto se había iniciado en 1987 y estaba dirigido por Felipe Criado, del departamento de Historia I, quien ya había hecho en esa zona un trabajo previo, de sondeos y prospección, en 1984, en el marco de su tesis doctoral.

Para llevarlo a cabo, fue solicitada una ayuda a través de las convocatorias públicas de la Xunta de Galicia para campañas arqueológicas. Por la originalidad y dimensión del proyecto, en 1988 fue la mayor subvención concedida por la Xunta de Galicia, hasta ese momento, a un proyecto arqueológico. Pese a ello, el dinero se destinaba a los gastos del trabajo de campo; en cuanto a infraestructuras, se disponía de algún ordenador personal y poco más. El departamento no tenía vehículo en propiedad, así que la campaña se realizaba en vehículos alquilados. Y el equipo trabajaba allí mismo, en la facultad. Contaba además con el padrinazgo de Carlos Alonso del Real, aunque éste ya hacía años que había vuelto a Madrid, tras sus veinticinco años en la Universidad de Santiago.

Aquel proyecto supuso un gran esfuerzo, acometido por un equipo muy joven, y planteó una investigación innovadora, al considerar el “paisaje” como una categoría analítica que integra las dimensiones ambiental, social y simbólica (esto último era la gran novedad que aportaba la perspectiva de este proyecto sobre otras arqueologías del paisaje que también se estaban haciendo en este momento, como dice Almudena Orejas en un citado artículo de 1991). Los objetivos del proyecto eran múltiples: conocer mejor algunas épocas poco estudiadas (prehistoria reciente, alta edad media…), determinar y reconstruir la influencia del medio natural y en las sociedades y sus interacciones, analizar la génesis y evolución del paisaje rural para estudiar las correspondencias entre organización socio-económica, racionalidad espacial y valores culturales, ensayar un modelo teórico-interpretativo que fuese más allá de la arqueología espacial al uso, calibrar hasta qué punto las estrategias de prospección usuales “olvidaban” aquellos yacimientos no visibles en superficie, y marcar algunas pautas para la documentación de este tipo de registro, a través de la definición de regularidades espaciales relacionadas con emplazamiento, tránsito y acceso a recursos.

En aquella explicación primaveral del proyecto, a la que acudí, cada una de las personas responsables de las distintas actuaciones dentro de la campaña nos explicó en qué consistirían dichas actuaciones, y yo acabé apuntándome a una en un yacimiento altomedieval (una castronela), dirigida por Andrés Bonilla. Además, estaban Lola Cerqueiro, Matilde González, Fidel Méndez, Eugenio Rodríguez, Rafael Penedo… En efecto, eran todos muy jóvenes (apenas cinco o seis años más que yo, recién licenciados, y Felipe tenía en aquel momento 29 años). El acto informativo me animó a seguir adelante: parecía gente enrollada.



Las anteriores campañas habían sido dirigidas por el investigador principal del proyecto, pero la campaña de ese año, en el verano de 1990, fue la primera que se hizo como un conjunto de varios proyectos distintos, cada uno centrado en la excavación de un yacimiento, dirigida por una persona del equipo. A Felipe lo recuerdo visitándonos en una ocasión mientras se desarrolló la campaña (aunque sé que hizo más visitas). Una de las razones de estas ausencias fue que él tenía que preparar su oposición de acceso a una plaza de profesor titular en la USC, que se celebró finalmente en mayo de 1991, aunque en la decisión pesaba también la intención de generar una cantera de talento arqueológico, dejando que gente algo más joven que él asumiese la responsabilidad de gestionar sus respectivas actuaciones y profundizase en sus investigaciones en distintos períodos (Paleolítico, Calcolítico, Bronce, Hierro…). Además de Felipe, recuerdo ocasionales visitas de Carlos Alonso, quien acostumbraba tomar el pelo a propios y extraños.

Las campañas se desarrollaban con el campamento base en el colegio público de Melide, una pequeña villa en el centro de Galicia. El proyecto nos daba de comer y cenar, repartidos por diversos restaurantes (debido a la naturaleza independiente, pero coordinada, de la campaña del 90, cuando en las dos campañas anteriores, en cambio, las comidas se hacían en el propio colegio, para lo que el proyecto había contratado a dos cocineras y un jefe de cocina), y dormíamos en el propio colegio, en las aulas, en colchonetas. Teníamos que llevar nuestros sacos de dormir. Era un ambiente muy fraternal y las noches eran largas, porque Melide tenía mucha marcha para su tamaño. En buena parte esto se debía a que en verano volvía mucha gente de la emigración, que mayoritariamente había ido al País Vasco. Era de los pocos sitios en Galicia donde podías bailar Sarri Sarri en una discoteca.

Mi participación en la excavación de la castronela medieval tuvo, entre otras consecuencias, el hecho de que, en el siguiente invierno, acudí semanalmente a catalogar los fragmentos cerámicos recuperados: el trabajo tenía lugar en el propio domicilio de Andrés Bonilla, que compartía piso con Rafa Penedo. Eso afianzó mi relación con ellos, que al año siguiente se desvincularon del proyecto Bocelo-Furelos, por lo que les seguí para excavar el nivel medieval de un monasterio, en otra zona.

Cuando retomé el contacto con el grupo de Felipe, en 1992, fue para participar en una de las dos últimas excavaciones que se hicieron en el contexto del proyecto Bocelo-Furelos, ya como campañas únicas (en mi caso, Requeán, en el concello de Toques, dirigida por Mati González). Para entonces ya existía el Grupo de Investigación en Arqueología del Paisaje, formado por una parte de los investigadores que habían participado en el proyecto, más algunos recién licenciados que iniciaban su carrera científica. Pero me estoy adelantando…

(Continuará)

Una autohistoria del INCIPIT (1)

En el principio, un proyecto de investigación en Arqueología del Paisaje (1987 – 1991)

David Barreiro
04/05/2022

En abril de 2022, el Instituto de Ciencias del Patrimonio (INCIPIT) se traslada a una sede propia, en el Edificio Fontán, en la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela. Esto simboliza la culminación del largo periplo de un equipo humano por diversos espacios, cedidos por otras instituciones, o por otros institutos del CSIC. Esta trayectoria ha ido acompañada de mutaciones identitarias diversas en el propio grupo, de manera que ciertos elementos (personas, recursos, símbolos) han permanecido en el tiempo, pero otros muchos han ido transformándose, sucediéndose unos a otros. Si la identidad es memoria, cualquier caracterización de una entidad concreta y compleja (un grupo de investigación, con todo lo que implica) tiene que fundamentarse en una memoria de su devenir.

Iniciamos aquí una serie de piezas escritas desde la perspectiva personal de un veterano miembro del INCIPIT, en beneficio de las personas que se han ido incorporando al grupo a lo largo del tiempo, de aquellas que un día formaron parte de él y, en general, de todas aquellas personas que puedan estar interesadas en la historia del mismo, que es parte de la historia de la arqueología, la ciencia y el patrimonio de los últimos 35 años.

Para esbozar este devenir histórico seguiremos una línea autobiográfica, porque la hago yo, que soy miembro desde hace más de 25 años, desde mis propias vivencias, y autohistórica, porque lo hago desde este mismo lugar cuya historia me dispongo a relatar.

Cuando estaba a punto de finalizar mi primer curso de universidad, en la facultad de Xeografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), me apunté a una campaña arqueológica de verano. Era 1990. Ese primer curso había tenido una asignatura llamada Prehistoria y Arqueología. La había impartido José Manuel Vázquez Varela, llamado “Coco”, quien, empezando el curso, nos había recomendado inspeccionar las papeleras de Santiago para rastrear la sociología de la ciudad a través de sus desechos. Mirado en retrospectiva, si él no hubiese sido muy buen profesor, es muy probable que yo no estuviese aquí. Porque, como me había gustado la materia, decidí apuntarme a una campaña.

Creo que había varios anuncios, pero a mí me llamó la atención uno que decía “Arqueología del Paisaje”. Se nos citaba un día de la primavera de 1990, en un aula de la facultad, para explicarnos el proyecto “Arqueología del paisaje: el área Bocelo-Furelos entre los tiempos paleolíticos y medievales”, que consistía en “A primeira investigación integral de acción territorial e carácter diacrónico que se desenvolve en Galicia”, como dijo el entonces Director Xeral de Patrimonio de Galicia, en la introducción a la memoria del proyecto. El proyecto se había iniciado en 1987 y estaba dirigido por Felipe Criado, del departamento de Historia I, quien ya había hecho en esa zona un trabajo previo, de sondeos y prospección, en 1984, en el marco de su tesis doctoral.

Para llevarlo a cabo, fue solicitada una ayuda a través de las convocatorias públicas de la Xunta de Galicia para campañas arqueológicas. Por la originalidad y dimensión del proyecto, en 1988 fue la mayor subvención concedida por la Xunta de Galicia, hasta ese momento, a un proyecto arqueológico. Pese a ello, el dinero se destinaba a los gastos del trabajo de campo; en cuanto a infraestructuras, se disponía de algún ordenador personal y poco más. El departamento no tenía vehículo en propiedad, así que la campaña se realizaba en vehículos alquilados. Y el equipo trabajaba allí mismo, en la facultad. Contaba además con el padrinazgo de Carlos Alonso del Real, aunque éste ya hacía años que había vuelto a Madrid, tras sus veinticinco años en la Universidad de Santiago.

Aquel proyecto supuso un gran esfuerzo, acometido por un equipo muy joven, y planteó una investigación innovadora, al considerar el “paisaje” como una categoría analítica que integra las dimensiones ambiental, social y simbólica (esto último era la gran novedad que aportaba la perspectiva de este proyecto sobre otras arqueologías del paisaje que también se estaban haciendo en este momento, como dice Almudena Orejas en un citado artículo de 1991). Los objetivos del proyecto eran múltiples: conocer mejor algunas épocas poco estudiadas (prehistoria reciente, alta edad media…), determinar y reconstruir la influencia del medio natural y en las sociedades y sus interacciones, analizar la génesis y evolución del paisaje rural para estudiar las correspondencias entre organización socio-económica, racionalidad espacial y valores culturales, ensayar un modelo teórico-interpretativo que fuese más allá de la arqueología espacial al uso, calibrar hasta qué punto las estrategias de prospección usuales “olvidaban” aquellos yacimientos no visibles en superficie, y marcar algunas pautas para la documentación de este tipo de registro, a través de la definición de regularidades espaciales relacionadas con emplazamiento, tránsito y acceso a recursos.

En aquella explicación primaveral del proyecto, a la que acudí, cada una de las personas responsables de las distintas actuaciones dentro de la campaña nos explicó en qué consistirían dichas actuaciones, y yo acabé apuntándome a una en un yacimiento altomedieval (una castronela), dirigida por Andrés Bonilla. Además, estaban Lola Cerqueiro, Matilde González, Fidel Méndez, Eugenio Rodríguez, Rafael Penedo… En efecto, eran todos muy jóvenes (apenas cinco o seis años más que yo, recién licenciados, y Felipe tenía en aquel momento 29 años). El acto informativo me animó a seguir adelante: parecía gente enrollada.



Las anteriores campañas habían sido dirigidas por el investigador principal del proyecto, pero la campaña de ese año, en el verano de 1990, fue la primera que se hizo como un conjunto de varios proyectos distintos, cada uno centrado en la excavación de un yacimiento, dirigida por una persona del equipo. A Felipe lo recuerdo visitándonos en una ocasión mientras se desarrolló la campaña (aunque sé que hizo más visitas). Una de las razones de estas ausencias fue que él tenía que preparar su oposición de acceso a una plaza de profesor titular en la USC, que se celebró finalmente en mayo de 1991, aunque en la decisión pesaba también la intención de generar una cantera de talento arqueológico, dejando que gente algo más joven que él asumiese la responsabilidad de gestionar sus respectivas actuaciones y profundizase en sus investigaciones en distintos períodos (Paleolítico, Calcolítico, Bronce, Hierro…). Además de Felipe, recuerdo ocasionales visitas de Carlos Alonso, quien acostumbraba tomar el pelo a propios y extraños.

Las campañas se desarrollaban con el campamento base en el colegio público de Melide, una pequeña villa en el centro de Galicia. El proyecto nos daba de comer y cenar, repartidos por diversos restaurantes (debido a la naturaleza independiente, pero coordinada, de la campaña del 90, cuando en las dos campañas anteriores, en cambio, las comidas se hacían en el propio colegio, para lo que el proyecto había contratado a dos cocineras y un jefe de cocina), y dormíamos en el propio colegio, en las aulas, en colchonetas. Teníamos que llevar nuestros sacos de dormir. Era un ambiente muy fraternal y las noches eran largas, porque Melide tenía mucha marcha para su tamaño. En buena parte esto se debía a que en verano volvía mucha gente de la emigración, que mayoritariamente había ido al País Vasco. Era de los pocos sitios en Galicia donde podías bailar Sarri Sarri en una discoteca.

Mi participación en la excavación de la castronela medieval tuvo, entre otras consecuencias, el hecho de que, en el siguiente invierno, acudí semanalmente a catalogar los fragmentos cerámicos recuperados: el trabajo tenía lugar en el propio domicilio de Andrés Bonilla, que compartía piso con Rafa Penedo. Eso afianzó mi relación con ellos, que al año siguiente se desvincularon del proyecto Bocelo-Furelos, por lo que les seguí para excavar el nivel medieval de un monasterio, en otra zona.

Cuando retomé el contacto con el grupo de Felipe, en 1992, fue para participar en una de las dos últimas excavaciones que se hicieron en el contexto del proyecto Bocelo-Furelos, ya como campañas únicas (en mi caso, Requeán, en el concello de Toques, dirigida por Mati González). Para entonces ya existía el Grupo de Investigación en Arqueología del Paisaje, formado por una parte de los investigadores que habían participado en el proyecto, más algunos recién licenciados que iniciaban su carrera científica. Pero me estoy adelantando…

(Continuará)