Una autohistoria del INCIPIT (2)

El giro preventivo: Grupo de Investigación en Arqueología del Paisaje (1991 – 1997)

David Barreiro

23/05/2022

En 1991, con el Proyecto Bocelo-Furelos aún en marcha, se dio una oportunidad que supuso un giro decisivo: la solicitud hecha desde la Xunta para la participación del departamento de Historia I de la Facultad de Geografía e Historia en la gestión del patrimonio arqueológico afectado por el vasto programa de obras públicas que se iniciaban en Galicia (oleoducto, gasoducto y autovías de enlace con la Meseta). En ese momento, la administración de patrimonio en Galicia apenas contaba con personal estable (sólo había una plaza de funcionario, y las oposiciones para cubrir nuevas plazas se convocarían todavía en 1993), por lo que desde la instancia administrativa no se podía afrontar ese desafío con garantías.

En el otro lado estaba el departamento, que tenía su propia política de investigación. Ésta, al igual que en otros muchos lugares, no solo en España, no contemplaba la inmersión en el mundo de la arqueología de gestión. Pero dentro del departamento estaba Felipe, ya como profesor titular, quien planteó la cuestión en términos de oportunidad para abrir un programa de investigación, bien financiado, y montar un equipo de trabajo estable, no como hasta ese momento. Porque las personas que integraban el equipo del Proyecto Bocelo-Furelos cobraban sólo durante los meses de verano, a través de un contrato del INEM. Esto no sólo era un problema de subsistencia para las personas del equipo, sino un obstáculo serio para la continuidad del programa de investigación. Como un factor que también tuvo influencia estuvo el retorno de Felipe a Cambridge, en una estancia breve, en 1991. En 1990 había sido creada la Cambridge Archaeological Unit, que precisamente se orientaba a salvar la distancia entre la arqueología de gestión y la académica, y esto fue un referente que le ayudó en la decisión de aceptar el desafío planteado desde la administración, y liderar un proyecto para ello.

Esta decisión provocó una reorientación de la investigación, pero sólo de forma relativa: en realidad, el principio que se aplicó fue el de utilizar los modelos interpretativos que proporcionaba la arqueología del paisaje (ArPa) para desarrollar un programa de arqueología preventiva solvente y eficaz, que anticipase los problemas y que evitase y gestionase las afecciones (esto está relacionado con algunos de los objetivos finales que tenía el proyecto Bocelo-Furelos, centrados en documentar yacimientos no visibles y en definir sus patrones de localización). El beneficio para el programa de investigación fue que se multiplicó la cantidad de datos generados, así como la calidad, porque las obras generaron kilómetros de perfiles y de áreas removidas donde inspeccionar y donde poder verificar la existencia de este tipo de yacimientos no visibles en superficie (generalmente, de la prehistoria reciente).



El compromiso que supuso esta reorientación hacia una arqueología en términos de gestión podía entenderse como una claudicación ante las exigencias de la modernización, y como una renuncia a los objetivos de una investigación arqueológica prístina, independiente de los intereses de las empresas constructoras. Es un viejo debate que ya la Convención de Malta (1992) trató de zanjar, pero siguió abierto muchos años (de hecho, no se puede decir que se haya cerrado). Es de reseñar la crítica que ya en su momento se hizo (me refiero a algunos artículos de principios de los 90, de John Carman y Laurajane Smith) a algunas de las personalidades más destacadas del post-procesualismo por no llevar a la academia al terreno de la arqueología preventiva (que es lo que hizo Felipe con su equipo) y dejar ese amplio sector de actividad, con todo su potencial epistémico, en manos exclusivamente de las compañías privadas.

Para poner en marcha el programa de investigación que esto implicaba, se creó un grupo de investigación (cuando esta figura aún no estaba consolidada como base de la estructura de investigación universitaria), llamado Grupo de Investigación en Arqueología del Paisaje (GIArPa). En términos de programa, se sustituyó una zona (el área Bocelo-Furelos) que había sido seleccionada por sus factores intrínsecos (riqueza arqueológica, precedentes, agentes locales), por una diversidad aleatoria de paisajes afectados por las obras; esto suponía también un cambio de escala en el planteo y desarrollo de la investigación, que afectaba a todas las otras perspectivas. Y se pasó de una arqueología de investigación dirigida por un profesor y algunos entusiastas, ejecutada por estudiantes y aficionados, a una arqueología de gestión dirigida y ejecutada por un profesor y los que quedaban de aquellos entusiastas, ahora como becarios mensualmente remunerados, más algunos miembros de las nuevas promociones universitarias (incluso estudiantes en último curso) y/o de la cantera que fue el propio proyecto Bocelo-Furelos.



Estas personas formaron GIArPa en octubre de 1991. Junto a Felipe Criado se mantuvieron dos personas muy importantes en esta historia: Matilde González y Fidel Méndez. Y se fueron incorporando nuevos investigadores, entre noviembre de 1992 y diciembre de 1994: Suso Amado, Pilar Prieto, César Parcero, Victoria Villoch, Isabel Cobas, Mariqui Martínez y Manolo Díaz. También se incorporó personal de apoyo a la investigación, que fue decisivo para administrar con flexibilidad y eficacia los recursos generados y disponibles, como Sofía Quiroga, en administración, y Anxo Rodríguez, en diseño gráfico (quien ya había participado en el proyecto Bocelo-Furelos), así como personal técnico e investigador que resultó fundamental para diseñar y administrar los sistemas de información que mantuvieron integrada la cantidad de información que se fue generando en esos años, y que iniciaron una línea de investigación aplicada, como César González Pérez y Mar Bóveda. Así nació el SIA (Sistema de Información Arqueológica), con base en el paradigma orientado a objetos.

Algunas de estas personas firmaron una serie de comunicaciones que fueron presentadas en el Congreso Nacional de Arqueología, celebrado en Vigo, en noviembre de 1993. En ellas defendían la propuesta teórico-metodológica de utilizar la arqueología del paisaje para gestionar el impacto sobre el patrimonio arqueológico, y presentaban los resultados de las actuaciones hasta entonces desarrolladas en el marco de la construcción de las autovías de enlace con la Meseta y de la red de oleoductos: de las prospecciones realizadas, del seguimiento de algunas de las obras ya comenzadas, de alguna excavación realizada ya en este contexto e incluso de propuestas incipientes de socialización del patrimonio desde la ArPa. No está de más decir que algunos miembros de GIArPa también firmaron otras comunicaciones que no estaban relacionadas con la arqueología preventiva, y sí con sus investigaciones básicas en curso sobre la prehistoria de Galicia: abrigos paleolíticos, mámoas, asentamientos del bronce, castros…

Cuando se celebró el congreso de Vigo yo estaba cursando quinto, y, por tanto (según el plan de la época), la especialidad de Prehistoria y Arqueología: Felipe Criado impartía la asignatura de Técnicas de Investigación Prehistórica, que, sobre todo, era Teoría Arqueológica. Yo había excavado en el Proyecto Bocelo-Furelos, pero también en otros proyectos (ese mismo verano de 1993) en donde GIArPa era visto como un ente sectario y vendido al mercado. Por tanto, yo había iniciado quinto siendo consciente de que había dos formas enfrentadas (simplificando mucho) de entender la arqueología, pero sin una postura definida. La clase estaba dividida entre la gente a la que le fascinaba y la gente a la que no le interesaba el discurso de Felipe. Yo estaba en el primer grupo.

Hubo una nutrida representación del quinto curso en el congreso, sobre todo durante el fin de semana, y las diferencias entre adeptos/refractarios se mantuvieron, aunque la entonces novedosa propuesta de “conocimiento por destrucción” lanzada desde GIArPa era un desafío abierto que generaba dudas. A mí, y a mis compañeros y compañeras también, aunque algunas ya estaban colaborando puntualmente con GIArPa. Esta propuesta parece aludir al lema “el que contamina, paga”, que también en estos años empezó a imponerse a través de los procedimientos de gestión ambiental (que eran el contexto en el que se desarrollaba la arqueología preventiva de GIArPa), pero, en realidad, su referente era el lema “paz por territorios”, que orientaba las negociaciones entre Israel y Palestina por esos años.

Otro momento importante en la consolidación del grupo fue la celebración, en Santiago, del Primer congreso de la recientemente creada European Association of Archaeologists (EAA), en 1995, que fue todo un éxito gracias al trabajo del equipo y de su red de colaboradores, entre los que me encontraba, ya como recién licenciado, lo que, sumado a mi reflexión de final de curso, el año anterior, me hizo decantarme por el modelo GIArPa. Todavía es recordada en las reuniones anuales de la asociación la fiesta celebrada en Santiago, así como numerosas anécdotas de aquella época. Este hito fue posible porque en la flamante asociación había un grupo de investigadores españoles pujante (Maribel Martínez Navarrete, Pilar López, Nines Querol, Gonzalo Ruiz Zapatero y Juan Vicent, entre otras personas) que apoyaron la candidatura de Santiago. Esta candidatura se apoyaba, a su vez, en el precedente de la Primera Reunión de Arqueología Teórica, que había organizado GIArPa y se había celebrado en la Facultad de Xeografía e Historia, en noviembre de 1992, y que había sido un éxito de asistencia y participación, habiendo reunido a lo más sólido e innovador del panorama arqueológico español, simbolizando la consolidación de la arqueología procesual y postprocesual, aunque, en el contexto general, el paradigma dominante siguiese siendo el histórico-cultural, también en la propia facultad que había albergado el encuentro. Hubo bastantes profesores (incluidos arqueólogos) que no acudieron a dicha reunión.

La implicación de GIArPa en la arqueología de gestión, sobre todo preventiva, y la llegada de nuevos proyectos (el plan eólico estratégico de Galicia) permitió financiar becas de colaboración para el personal ya implicado (citado más arriba), así como incorporar nuevo personal recién licenciado: Manuel Santos y Mar López, en 1995; Elena Lima, Paula Ballesteros y yo mismo, en 1996; Carlos Otero y Yolanda Porto, como conservadora, en 1997…

La financiación disponible también permitió cubrir los gastos generados por el trabajo de campo, incluyendo el mantenimiento de dos coches todo terreno (un Lada y un Suzuki) así como la adquisición de un par de equipos de posicionamiento por satélite para cuyo manejo había que tener los brazos fuertes, porque había que esperar varios minutos con el aparato en alto para que captara la señal. También permitió adquirir ordenadores y algún mobiliario (cuando no se obtenía gratis, con deshechos sacados del almacén de la USC e incluso de contenedores de basura) para adecuar la nueva sede del grupo: un espacio perteneciente a la USC que en ese momento estaba desocupado (y que se usaba como trastero) y que fue cedido para ello.



Se trataba de un espacio disponible dentro de un gran edificio que era, en origen, un hospital materno-infantil destinado a las Islas Canarias, pero acabó convertido en la residencia universitaria Monte da Condesa, en un extremo del campus sur de la USC. El espacio disponible estaba destinado, en origen, a tanatorio. Por eso a la sede del grupo, y al propio grupo, se les identificó durante mucho tiempo como “Tana”. Este uso original también conlleva que el sitio no fuese el idóneo para tener una oficina; sin embargo, estuvo ocupado y activo hasta 2016. Muchos años, en los que ocurrieron muchas cosas…

(Continuará)

Una autohistoria del INCIPIT (2)

El giro preventivo: Grupo de Investigación en Arqueología del Paisaje (1991 – 1997)

David Barreiro
23/05/2022

En 1991, con el Proyecto Bocelo-Furelos aún en marcha, se dio una oportunidad que supuso un giro decisivo: la solicitud hecha desde la Xunta para la participación del departamento de Historia I de la Facultad de Geografía e Historia en la gestión del patrimonio arqueológico afectado por el vasto programa de obras públicas que se iniciaban en Galicia (oleoducto, gasoducto y autovías de enlace con la Meseta). En ese momento, la administración de patrimonio en Galicia apenas contaba con personal estable (sólo había una plaza de funcionario, y las oposiciones para cubrir nuevas plazas se convocarían todavía en 1993), por lo que desde la instancia administrativa no se podía afrontar ese desafío con garantías.

En el otro lado estaba el departamento, que tenía su propia política de investigación. Ésta, al igual que en otros muchos lugares, no solo en España, no contemplaba la inmersión en el mundo de la arqueología de gestión. Pero dentro del departamento estaba Felipe, ya como profesor titular, quien planteó la cuestión en términos de oportunidad para abrir un programa de investigación, bien financiado, y montar un equipo de trabajo estable, no como hasta ese momento. Porque las personas que integraban el equipo del Proyecto Bocelo-Furelos cobraban sólo durante los meses de verano, a través de un contrato del INEM. Esto no sólo era un problema de subsistencia para las personas del equipo, sino un obstáculo serio para la continuidad del programa de investigación. Como un factor que también tuvo influencia estuvo el retorno de Felipe a Cambridge, en una estancia breve, en 1991. En 1990 había sido creada la Cambridge Archaeological Unit, que precisamente se orientaba a salvar la distancia entre la arqueología de gestión y la académica, y esto fue un referente que le ayudó en la decisión de aceptar el desafío planteado desde la administración, y liderar un proyecto para ello.

Esta decisión provocó una reorientación de la investigación, pero sólo de forma relativa: en realidad, el principio que se aplicó fue el de utilizar los modelos interpretativos que proporcionaba la arqueología del paisaje (ArPa) para desarrollar un programa de arqueología preventiva solvente y eficaz, que anticipase los problemas y que evitase y gestionase las afecciones (esto está relacionado con algunos de los objetivos finales que tenía el proyecto Bocelo-Furelos, centrados en documentar yacimientos no visibles y en definir sus patrones de localización). El beneficio para el programa de investigación fue que se multiplicó la cantidad de datos generados, así como la calidad, porque las obras generaron kilómetros de perfiles y de áreas removidas donde inspeccionar y donde poder verificar la existencia de este tipo de yacimientos no visibles en superficie (generalmente, de la prehistoria reciente).



El compromiso que supuso esta reorientación hacia una arqueología en términos de gestión podía entenderse como una claudicación ante las exigencias de la modernización, y como una renuncia a los objetivos de una investigación arqueológica prístina, independiente de los intereses de las empresas constructoras. Es un viejo debate que ya la Convención de Malta (1992) trató de zanjar, pero siguió abierto muchos años (de hecho, no se puede decir que se haya cerrado). Es de reseñar la crítica que ya en su momento se hizo (me refiero a algunos artículos de principios de los 90, de John Carman y Laurajane Smith) a algunas de las personalidades más destacadas del post-procesualismo por no llevar a la academia al terreno de la arqueología preventiva (que es lo que hizo Felipe con su equipo) y dejar ese amplio sector de actividad, con todo su potencial epistémico, en manos exclusivamente de las compañías privadas.

Para poner en marcha el programa de investigación que esto implicaba, se creó un grupo de investigación (cuando esta figura aún no estaba consolidada como base de la estructura de investigación universitaria), llamado Grupo de Investigación en Arqueología del Paisaje (GIArPa). En términos de programa, se sustituyó una zona (el área Bocelo-Furelos) que había sido seleccionada por sus factores intrínsecos (riqueza arqueológica, precedentes, agentes locales), por una diversidad aleatoria de paisajes afectados por las obras; esto suponía también un cambio de escala en el planteo y desarrollo de la investigación, que afectaba a todas las otras perspectivas. Y se pasó de una arqueología de investigación dirigida por un profesor y algunos entusiastas, ejecutada por estudiantes y aficionados, a una arqueología de gestión dirigida y ejecutada por un profesor y los que quedaban de aquellos entusiastas, ahora como becarios mensualmente remunerados, más algunos miembros de las nuevas promociones universitarias (incluso estudiantes en último curso) y/o de la cantera que fue el propio proyecto Bocelo-Furelos.



Estas personas formaron GIArPa en octubre de 1991. Junto a Felipe Criado se mantuvieron dos personas muy importantes en esta historia: Matilde González y Fidel Méndez. Y se fueron incorporando nuevos investigadores, entre noviembre de 1992 y diciembre de 1994: Suso Amado, Pilar Prieto, César Parcero, Victoria Villoch, Isabel Cobas, Mariqui Martínez y Manolo Díaz. También se incorporó personal de apoyo a la investigación, que fue decisivo para administrar con flexibilidad y eficacia los recursos generados y disponibles, como Sofía Quiroga, en administración, y Anxo Rodríguez, en diseño gráfico (quien ya había participado en el proyecto Bocelo-Furelos), así como personal técnico e investigador que resultó fundamental para diseñar y administrar los sistemas de información que mantuvieron integrada la cantidad de información que se fue generando en esos años, y que iniciaron una línea de investigación aplicada, como César González Pérez y Mar Bóveda. Así nació el SIA (Sistema de Información Arqueológica), con base en el paradigma orientado a objetos.

Algunas de estas personas firmaron una serie de comunicaciones que fueron presentadas en el Congreso Nacional de Arqueología, celebrado en Vigo, en noviembre de 1993. En ellas defendían la propuesta teórico-metodológica de utilizar la arqueología del paisaje para gestionar el impacto sobre el patrimonio arqueológico, y presentaban los resultados de las actuaciones hasta entonces desarrolladas en el marco de la construcción de las autovías de enlace con la Meseta y de la red de oleoductos: de las prospecciones realizadas, del seguimiento de algunas de las obras ya comenzadas, de alguna excavación realizada ya en este contexto e incluso de propuestas incipientes de socialización del patrimonio desde la ArPa. No está de más decir que algunos miembros de GIArPa también firmaron otras comunicaciones que no estaban relacionadas con la arqueología preventiva, y sí con sus investigaciones básicas en curso sobre la prehistoria de Galicia: abrigos paleolíticos, mámoas, asentamientos del bronce, castros…

Cuando se celebró el congreso de Vigo yo estaba cursando quinto, y, por tanto (según el plan de la época), la especialidad de Prehistoria y Arqueología: Felipe Criado impartía la asignatura de Técnicas de Investigación Prehistórica, que, sobre todo, era Teoría Arqueológica. Yo había excavado en el Proyecto Bocelo-Furelos, pero también en otros proyectos (ese mismo verano de 1993) en donde GIArPa era visto como un ente sectario y vendido al mercado. Por tanto, yo había iniciado quinto siendo consciente de que había dos formas enfrentadas (simplificando mucho) de entender la arqueología, pero sin una postura definida. La clase estaba dividida entre la gente a la que le fascinaba y la gente a la que no le interesaba el discurso de Felipe. Yo estaba en el primer grupo.

Hubo una nutrida representación del quinto curso en el congreso, sobre todo durante el fin de semana, y las diferencias entre adeptos/refractarios se mantuvieron, aunque la entonces novedosa propuesta de “conocimiento por destrucción” lanzada desde GIArPa era un desafío abierto que generaba dudas. A mí, y a mis compañeros y compañeras también, aunque algunas ya estaban colaborando puntualmente con GIArPa. Esta propuesta parece aludir al lema “el que contamina, paga”, que también en estos años empezó a imponerse a través de los procedimientos de gestión ambiental (que eran el contexto en el que se desarrollaba la arqueología preventiva de GIArPa), pero, en realidad, su referente era el lema “paz por territorios”, que orientaba las negociaciones entre Israel y Palestina por esos años.

Otro momento importante en la consolidación del grupo fue la celebración, en Santiago, del Primer congreso de la recientemente creada European Association of Archaeologists (EAA), en 1995, que fue todo un éxito gracias al trabajo del equipo y de su red de colaboradores, entre los que me encontraba, ya como recién licenciado, lo que, sumado a mi reflexión de final de curso, el año anterior, me hizo decantarme por el modelo GIArPa. Todavía es recordada en las reuniones anuales de la asociación la fiesta celebrada en Santiago, así como numerosas anécdotas de aquella época. Este hito fue posible porque en la flamante asociación había un grupo de investigadores españoles pujante (Maribel Martínez Navarrete, Pilar López, Nines Querol, Gonzalo Ruiz Zapatero y Juan Vicent, entre otras personas) que apoyaron la candidatura de Santiago. Esta candidatura se apoyaba, a su vez, en el precedente de la Primera Reunión de Arqueología Teórica, que había organizado GIArPa y se había celebrado en la Facultad de Xeografía e Historia, en noviembre de 1992, y que había sido un éxito de asistencia y participación, habiendo reunido a lo más sólido e innovador del panorama arqueológico español, simbolizando la consolidación de la arqueología procesual y postprocesual, aunque, en el contexto general, el paradigma dominante siguiese siendo el histórico-cultural, también en la propia facultad que había albergado el encuentro. Hubo bastantes profesores (incluidos arqueólogos) que no acudieron a dicha reunión.

La implicación de GIArPa en la arqueología de gestión, sobre todo preventiva, y la llegada de nuevos proyectos (el plan eólico estratégico de Galicia) permitió financiar becas de colaboración para el personal ya implicado (citado más arriba), así como incorporar nuevo personal recién licenciado: Manuel Santos y Mar López, en 1995; Elena Lima, Paula Ballesteros y yo mismo, en 1996; Carlos Otero y Yolanda Porto, como conservadora, en 1997…

La financiación disponible también permitió cubrir los gastos generados por el trabajo de campo, incluyendo el mantenimiento de dos coches todo terreno (un Lada y un Suzuki) así como la adquisición de un par de equipos de posicionamiento por satélite para cuyo manejo había que tener los brazos fuertes, porque había que esperar varios minutos con el aparato en alto para que captara la señal. También permitió adquirir ordenadores y algún mobiliario (cuando no se obtenía gratis, con deshechos sacados del almacén de la USC e incluso de contenedores de basura) para adecuar la nueva sede del grupo: un espacio perteneciente a la USC que en ese momento estaba desocupado (y que se usaba como trastero) y que fue cedido para ello.



Se trataba de un espacio disponible dentro de un gran edificio que era, en origen, un hospital materno-infantil destinado a las Islas Canarias, pero acabó convertido en la residencia universitaria Monte da Condesa, en un extremo del campus sur de la USC. El espacio disponible estaba destinado, en origen, a tanatorio. Por eso a la sede del grupo, y al propio grupo, se les identificó durante mucho tiempo como “Tana”. Este uso original también conlleva que el sitio no fuese el idóneo para tener una oficina; sin embargo, estuvo ocupado y activo hasta 2016. Muchos años, en los que ocurrieron muchas cosas…

(Continuará)